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Leer tu mente

Lo que más le atrajo de ella fue percibir lo mucho que amaba la vida. Ya era hora de que despertara.

La siguiente historia es una pieza de ficción

“Gianni, ¿me estás escuchando?”. Era una pregunta capciosa. En realidad cualquier respuesta, por mínima que fuera, sería un “sí”. Hubo silencio. Ella respiró profundo. Volvería a intentarlo, con más ánimo. Se acercó de nuevo. “Hola, Gianni. Mi nombre es Carol Beltrán. Soy tu doctora. ¿Me estás escuchando?”. Silencio. Su vista recorrió despacio aquel cuerpo inerte y luego cada uno de los cables y monitores a los que estaba conectado. Cerró los ojos. Suspiró. “¡Biiiip!”. “¡Biiiip!”. Abrió los ojos. Fijó la mirada en un aparato: la interfaz cerebro-máquina estaba sonando, ese pitido maravilloso era la señal de detección de actividad cerebral constante. Sonrió. “¡Sabía que me estabas escuchando, Gianni! ¡Lo sabía!”, pensó.

Carol Beltrán siempre había querido leer las mentes. Por eso había estudiado Medicina, luego se había especializado en Neurología, a continuación había hecho un doctorado en Neurociencia y, gracias a su prodigiosa inteligencia y a su incansable trabajo en proyectos innovadores para hurgar el cerebro humano, había conseguido ingresar en calidad de investigadora residente en el propio Vaticano de su rama: The Wyss Center, una fundación transnacional de investigación en Neurotecnología ubicada en Ginebra, Suiza. “En resumen, es la nave de cristal donde los científicos locos pretendemos hacer magia para salvar vidas”, se dijo a sí misma cuando estuvo dentro la primera vez.

Cinco años, diez meses y seis días después de esa primera vez, “The Wyss” anunciaba en conferencia de prensa uno de los mayores avances médicos del siglo: un grupo de neurocientíficos liderado por la doctora Beltrán había logrado construir una interfaz cerebro-máquina capaz de detectar actividad cerebral constante en pacientes incapacitados para comunicarse de otra forma que no fuera con señales cerebrales. Los periodistas llegados de todas partes del mundo escucharon su exposición entre la perplejidad y la confusión. Ella no quiso finalizar sin traducir en las palabras más sencillas la labor de casi seis años de su vida y la de sus tres compañeros. “Hay personas que por accidentes o enfermedades graves pierden la capacidad de hablar y también de mover cualquier parte de su cuerpo, incluso sus ojos, es decir, están prácticamente cautivos en sí mismos y solo pueden expresarse, y de forma muy básica y limitada, mediante sus pensamientos. Bien, lo que conseguimos con la interfaz cerebro-máquina es escuchar el cerebro de estas personas… Leer sus mentes”.

Gianni De Astori era la hija única de Piero De Astori, un magnate naviero que había quedado viudo cuando su esposa murió por complicaciones en el parto. De un solo golpe había conocido el dolor y la felicidad: había perdido a Angelli, a quien tanto amaba, pero tenía a Gianni, con quien tanto había soñado. Por tal razón, a partir de ese instante, su existencia dejó de girar en torno a barcos de lujo cada vez más potentes y más caros y empezó a dar vueltas alrededor de la niña. Así, se encargó personalmente de que estudiara en el mejor colegio de Europa, leyera en las más ricas bibliotecas, bailara en las más populares discotecas, navegara en el Mediterráneo bajo su atenta mirada y, claro, que fuera libre en sus sueños y deseos, tan libre como se puede ser cuando se está por cumplir dieciocho años.

La mañana de su cumpleaños a Gianni la despertó la bocina de un vehículo. Entreabrió los ojos. La bocina no paraba. Sonaba a auto clásico. No podía ser. Saltó de la cama. Corrió por las escaleras. Abrió la puerta y ¡sí podía ser! “¡Papá! ¡Lo hiciste!”. Era un Porsche 356. Negro. Descapotable. Brillaba bajo la luz del sol mientras ella saltaba y tocaba las llantas, los asientos, las luces en la parte delantera, el maletero en la parte trasera. “¡Tengo que probarlo ya mismo!”. Seguidamente abrazó fuerte a su padre. Le agradeció. Le dijo que lo amaba. Y entró veloz a la casa. Cinco minutos después salía de ella por última vez por sus propios pies, todavía en pijama, pues solo había ido a calzarse unas sandalias planas de cuero. Se rio feliz y emocionada. Aplaudió. Abrazó fuerte a su padre. Le agradeció. Le dijo que lo amaba. Y subió al carro. No habían pasado dos horas cuando Piero estaba al borde de un peñasco gritando como loco ante la insoportable visión de un Porsche 356, negro, descapotable, hecho añicos en la costa del Mediterráneo, con su hija adentro.

Ahora Gianni tenía 30 años. Siempre que Piero la veía de cerca notaba aquellas facciones delicadas que había heredado de Angelli. Los pómulos, los labios, la barbilla. Pero el cabello era como el suyo. Castaño claro, lacio. Le sonreía. Siempre que la veía de cerca le sonreía amorosamente, pero luego, cuando se alejaba poco a poco, volvía la consciencia de estar ante un ser inerte. Conectado a quién sabe cuántos cables y monitores que se encendían y apagaban. Apartado del mundo en su antigua habitación que ahora no era más que una burbuja aséptica. Mantenido vivo de forma casi artificial por doce tortuosos años. Salió del cuarto. Pegó la cara al cristal de la ventana. Lloró. Desde fuera Gianni solo parecía estar dormida. “¿Estás dormida, hija, o en realidad estás muerta? ¡Necesito saberlo!”, dijo en voz baja.

La cantidad de solicitudes de familias que pedían que la interfaz cerebro-máquina fuera probada en sus seres queridos desbordó los buzones electrónicos de “The Wyss”. Los encargados de revisarlas apenas podían contener las lágrimas, pero tenían instrucciones precisas de seleccionar únicamente las que cumplieran ciertos requisitos: personas entre los treinta y cuarenta años, más de diez años de parálisis total, sin enfermedades crónicas o hereditarias, expediente clínico detallado y actualizado y una carta firmada por los familiares o cónyuges en donde cedieran el cuerpo a la ciencia. La solicitud de Piero De Astori fue una de las escogidas. En cuanto el grupo de investigadores de la doctora Beltrán conoció la historia, no quedó ninguna duda: intentarían leer la mente de Gianni De Astori.

En cuestión de días Gianni fue trasladada en un helicóptero ambulancia de la mansión familiar en la costa mediterránea hacia Ginebra. En “The Wyss” nuevamente fue introducida en la burbuja aséptica de otra habitación aislada, pero en esta había un aire de esperanza. La imagen de Piero abrazando a Carol a las puertas de “The Wyss” fue tendencia mundial. El planeta entero contenía la respiración ante la posibilidad de que se pudiera hacer algo por la llamada “Bella durmiente”. El Papa oraba por ella en el Angelus dominical. Piero De Astori prometía donar toda su fortuna a las iniciativas del centro de Neurotecnología. La presidenta de los Estados Unidos llamaba “héroes” a la junta de médicos que había creado esa “máquina milagrosa”. Medios de comunicación y personas particulares por igual exigían en redes sociales que la doctora Beltrán y sus compañeros fueran galardonados con el Nobel de Medicina. Si se lo daban, ella sería, con treinta y tres años, la persona más joven en ganarlo.

Durante dos semanas se realizaron los estudios necesarios para tratar de hablar con Gianni. Una cirugía láser introdujo un chip traductor en su cerebro. Se confeccionó a medida el gorro de látex con censores que debía usar para la prueba. Se le vigiló día y noche sin descanso. Y, por supuesto, los doctores conversaron mucho con su padre. Él les mostró fotos de la infancia y adolescencia de Gianni. Les contó que era inteligente, risueña, curiosa, juguetona y que amaba bailar. Su comida favorita era la lasaña. Hablaba italiano, inglés, alemán, francés y español. Nunca había tenido novio, quería ser bióloga marina, aprendió a conducir a los 16 y a los 17 se tatuó el nombre de su madre en la muñeca derecha. Su gran deseo para su cumpleaños dieciocho era un auto clásico, un Porsche 356, negro, descapotable. Carol observaba las fotografías con especial interés. A simple vista era obvio que la “Bella durmiente” de verdad era bella, pero lo que más le atrajo de ella fue percibir lo mucho que amaba la vida. Ya era hora de que despertara. No cabía otra opción en su cabeza.

La mañana de la pregunta en la habitación solamente se encontraban Piero, Carol, sus tres compañeros y dos enfermeras. Pero los pasillos de “The Wyss” estaban abarrotados de investigadores y personal sanitario viendo las pantallas que retransmitían en circuito cerrado el momento que la institución tanto había esperado. Afuera, cientos de reporteros y camarógrafos de decenas de países aguardaban noticias. La hora escogida fue las 10:30. A las 10:29 no se oyó ni un suspiro más en el cuarto pues la doctora Beltrán se acercó al oído derecho de Gianni y pronunció las palabras que todo el mundo tenía en la punta de la lengua: “Gianni, ¿me estás escuchando?”.

Aquella era una pregunta capciosa. En realidad cualquier respuesta, por mínima que fuera, sería un “sí”. Hubo silencio. Ella respiró profundo. Volvería a intentarlo, con más ánimo. Se acercó de nuevo. “Hola, Gianni. Mi nombre es Carol Beltrán. Soy tu doctora. ¿Me estás escuchando?”. Silencio. Su vista recorrió despacio aquel cuerpo inerte y luego cada uno de los cables y monitores a los que estaba conectado. Cerró los ojos. Suspiró. “¡Biiiip!”. “¡Biiiip!”. Abrió los ojos. Fijó la mirada en un aparato: la interfaz cerebro-máquina estaba sonando, ese pitido maravilloso era la señal de detección de actividad cerebral constante. Sonrió. “¡Sabía que me estabas escuchando, Gianni! ¡Lo sabía!”, pensó.

Gianni seguía inmóvil, apenas tenía pulso, pero su mente respondió “sí”. Las ondas cerebrales fueron decodificadas por el chip traductor, este a su vez transfirió la información a la interfaz cerebro–máquina y en una pequeña pantalla azul Piero pudo ver la primera palabra de su hija en doce años: “Sí”. Él y Carol se miraron y sonrieron. En “The Wyss” el personal al unísono gritó de alegría y los periodistas reportaron que, aparentemente, la “Bella durmiente” había hablado. Carol estaba a punto de inclinarse otra vez hacia Gianni cuando la pequeña pantalla azul mostró otra palabra: “Papá”. El magnate naviero rompió a llorar. Los medidores de la presión arterial de Gianni lanzaron una alerta de alteración. La doctora Beltrán se dirigió a sus compañeros, pero entonces la interfaz cerebro-máquina se iluminó al tiempo que en su pequeña pantalla azul aparecían lentamente, una tras otra, cinco palabras: “Papá-esto-no-es-vida”.

Gianni De Astori fue declarada muerta por la doctora Carol Beltrán a las 10:42 de la mañana.


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