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Los soñadores del Asilo San Antonio
Asilo San Antonio Masaya

El Asilo San Antonio en Masaya, ha funcionado por más de 12 años y ha sido el hogar de cientos de historias, sueños y esperanzas

     

Carlos Ricardo Jiménez rememora sus noches llenas de glamour, amor y aventuras en Europa. En los años 40 trabajó como cocinero en una embarcación internacional que le permitió conocer los cinco continentes y vivir experiencias “increíbles e incontables”. Han pasado más de 60 años desde aquellos días de los que solo quedan recuerdos. Hoy, “Don Carlitos”, como le dicen en el Asilo San Antonio en Masaya, donde ha vivido por más de una década, tiene 92 años y le es imposible caminar por su cuenta.

Dentro de este edificio hay 36 ancianos más como él que más que soñar con viajes y excesos, prefieren fantasear con correr, bailar y no sentir dolor. Actividades básicas, pero imposibles para ellos.

Los ancianos pasan sus tardes en los pasillos del antiguo hospital escuchando radio y conversando entre sí. Carlos Herrera | Niú

Las puertas del Asilo San Antonio, se abren desde las primeras horas de la mañana, mientras sus habitantes comienzan sus rutinas casi al mismo tiempo. Se bañan (o son bañados), rezan el rosario, toman sus medicinas, comen y finalmente, juntos alrededor del pasillo, se sientan a escuchar la radio toda la tarde, una de sus mayores conexiones con el mundo exterior.

Las tardes vacías

Algunos esperan visitas, pero casi nadie llega. Según Eduviges Arias, una de las encargadas del asilo, la mayoría de ancianos que llegan a vivir a las instalaciones, son recogidos de las calles o sacados de casas donde vivían solos y desatendidos. Los trasladan el Ministerio de la Familia o sus propios familiares. “Aquí hay padres de gente que se fue a trabajar a otros países, que no pueden llevarlos con ellos”, dice Eduviges.

Sin embargo, muchos no cuentan con nadie “en el mundo real”. María Lucrecia Montenegro, por ejemplo, era hija única y toda su vida la dedicó al cuidado de su madre y a la docencia. Esta mujer de 77 años, nunca tuvo hijos y se ha “consagrado a Dios”. “No me arrepiento de nada. Nunca me lastimaron el corazón y aquí con mi radio soy más que feliz”, admite.

  • El mayor deseo de Ramiro es dejar de sentir dolor. Tiene problemas de la vista y en los huesos, condición que limita su movilidad. Carlos Herrera | Niú

“No son una carga. Los cuidamos con fervor”, explica Eduviges. María Lucrecia asegura que “nunca ha sentido discriminación por no tener a nadie con quién contar”. Y aunque pierde la vista poco a poco y cada vez le cuesta caminar más, toma del brazo a desconocidas y dice: “mire qué bonita que es. No arruine su vida con un hombre, como mi mamá”, un consejo que, según las enfermas que la atienden, se lo da a todas las mujeres que llegan.

El asilo fue fundado hace 12 años por la Congregación de Hermanas Josefinas con apoyo del Ministerio de la Familia y la población de Masaya. María Lucrecia lleva nueve años en este lugar situado donde antes estaba el Hospital Rafaela Herrera y es una edificación de más de 100 años. Antigua como sus habitantes. El silencio y la melancolía dominan sus instalaciones.

“Don Carlitos” tiene 92 años. Hoy trata de reforzar su inglés gracias a internet y a los visitantes con los que platica. Carlos Herrera | Niú

Hay miradas vacías. Intentos de conversaciones. Enfermedades como la diabetes y el alzheimer han atacado los cuerpos de algunos de sus miembros más antiguos, al punto de dejarlos inmóviles, silenciosos.

Si bien el Estado aporta para la manutención del Hogar, no es suficiente para pagar las medicinas más caras o las necesidades particulares que cada uno de sus habitantes tiene. El asilo permanece en una situación donde, según sus responsables, “siempre hay carencias”.

 “Mi deseo es…”

Cuando se googlea “Hogar San Antonio Masaya” los primeros resultados en el buscador muestran cómo constantemente las hermanas están siempre “urgidas de apoyo”. Desde medicinas y pañales, hasta materiales de construcción para la reparación del viejo edificio.

Hace más de un mes se viralizó una publicación en Facebook de Heidy Gutiérrez García, una voluntaria permanente del hogar que inició la campaña #ApadrinaAUnAnciano, un espacio donde a los abuelos se les dio la oportunidad de pedir lo que más deseaban para Navidad.

Las solicitudes iban desde sandalias, hamburguesas o lo que “a usted le saliera del corazón”.

Carlos Ricardo, por ejemplo, pidió una camisa y un pantalón, pero lo que más quiere es tener a alguien con quien pueda conversar en inglés, idioma que aprendió en su juventud: “No tengo mucha gente con quien platicar y tengo tantas cosas que decir”, expresa.

Él es una caja de historias y se alegra de recibir visitantes. Aunque le cuesta hablar, porque le faltan dientes y no pueden costearle una nueva dentadura, no desaprovecha para mascullar sobre sus viajes a Europa y contar que sus calles favoritas de ese continente eran las de París y Verona.

“Las visitas siempre son bien recibidas”, enfatiza Eduviges, “de vez en cuando les vienen a celebrar sus cumpleaños y eso les cambia totalmente el humor. A ellos les gusta sentirse acompañados”, comenta.

Las Hermanas Josefinas realizan actividades como el rezo de la Purísima, para entretener a los ancianos. Carlos Herrera | Niú

El asilo no tiene un registro exacto de cómo están sus habitantes en temas como salud mental, pero esperan existan más voluntarios que puedan ofrecer sus servicios para mejorar la situación de los ancianos.

Los días seguirán pasando, mientras una paz peculiar gobierna el asilo. En los corredores ha germinado una amistad tardía entre 37 personas, que a como pueden se cuidan entre sí. Son soñadores. Quieren caminar, correr y bailar sin dolor. Esperan más ayuda y más amigos para conversar.