Cultura

Nadine Lacayo: “Si te olvido, vos no naciste ni moriste ni te amé”
Nadine Lacayo. Carlos Herrera. Niú

Con el olvido, ni los muertos tuvieron vida alguna vez y por eso reivindico la memoria como salvación de la vida, la ilusión y la esperanza

     

Conversar con Nadine Lacayo es recordarla entre montañas, viajando en un jeep militar o dirigiendo una reunión con productores campesinos en Chontales, una de las zonas de guerra más peligrosas de Nicaragua, a donde fue enviada como secretaria política del Frente con veintipico de años y dos hijos en brazos. Es volver a verla triste, arrecha, en el entierro del poeta Ahmed Campos, el jefe del zonal de Nueva Guinea asesinado en una emboscada de la “contra” a fines de 1982.

Así la recuerdo yo porque no la conocí mucho antes, en aquella insurrecta década de 1970 cuyos protagonistas, muchísimos de ellos, vuelven a hablar a lo largo de las páginas de “Polvo en el viento”, sus memorias de amor, lodo y sangre, que parece novela histórica donde el pasado se entrelaza con el presente, que es también el futuro, para recuperar la memoria individual y colectiva, con los “trozos de verdad” de todos y de cada uno. Es el libro de una socióloga escrito con la conciencia y con el alma, pero también “con las tripas”, como me lo cuenta Nadine en esta entrevista realizada en su jardín frente a una taza de café con rosquillas y en compañía de Sócrates, su hermoso gato anaranjado y atípicamente amoroso, que no quiso perderse ni la sesión de fotos.

Nadine, fuiste combatiente sandinista, guerrillera, dirigente política en una zona de guerra en los años 80, ¿cómo nació la idea de escribir este libro?

Este libro no es sobre mi experiencia en la década de 1980 exclusivamente. En ese sentido es muy diferente a tu hermoso libro “Banderas y Harapos”, y aunque también son memorias, no son todas mis memorias. Son también mis visiones y reflexiones sobre momentos de la historia de Nicaragua y su presente, incluso sobre el mundo de hoy. Ciertamente, en mi narrativa incluyo importantes trazos de esos años (los 80) y expreso lo vivido y sentido en aquel tiempo de guerra, pero también interrogo y cuestiono con una mirada diferente, con más distancia; con emoción, pero con esa mirada que impone la distancia por los años transcurridos. Tampoco son solo mis memorias particulares, sino las de mucha gente con la que hablé e indagué sus sentimientos, incluso personas que estuvieron al otro lado de la acera.

Este libro exhibe diferentes historias estructuradas que salen de mi experiencia a partir de mediados de los años 70, cuando desde el colegio en secundaria me integré y me enamoré, igual que lo hicieron cientos de jóvenes, hombres y mujeres, a la lucha contra Somoza; una etapa que ha marcado a nuestra generación.

No escribo “sobre el pasado” como pasado, sino sobre distintos presentes ubicándome en ellos de nuevo; presentes que también fueron futuro, y ahora se han convertido en pasado. Y también hablo de este presente- presente, quizás de lo que más hablo es del “hoy” que va teniendo su propio pasado. En los comentarios de la contraportada del libro, la poeta Michel Najlis hace una referencia relacionada con el empleo de los tiempos verbales en el libro, en que siempre está el presente, aunque me refiera a “los pasados”.

Esto lo hago en los distintos diálogos que desarrollo, porque hablo hasta con los viejos edificios en que se parapetó la Guardia en la guerra contra Somoza, que, aunque te parezca mentira, me dijeron muchas cosas.
Sobre tu pregunta específica debo decirte que sí participé activamente en los años 80, igual que una gran parte de mis amigas y amigos que aún conservo, incluso desde antes de los 70. No tuve una sola responsabilidad sino varias y en distintos departamentos y regiones en guerra, responsabilidades en las estructuras del Frente Sandinista y del Gobierno revolucionario.

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¿Cómo nació la idea de este libro?

Te soy absolutamente honesta: nunca estuvo en mis planes, nunca tuve la idea de escribirlo, es más, no valoraba la importancia que tiene la memoria histórica. Simplemente ya estaba escrito en mi cabeza y en mi estómago, y lo que hice fue arrojarlo entero frente a la laptop. Lo había andado atravesado en el corazón como un gran batido de sentimientos extremos, desde el dolor casi fosilizándose hasta el infinito orgullo de haber sido parte de esa generación que siguió a otros que luchaban contra la injusticia social, institucionalizada por la dictadura de los Somoza.

¿Cuánto tiempo te tomó reconstruir todo esto? ¿Qué esfuerzos demandó de vos poder plasmar tantos y tan intensos recuerdos?

No fue difícil reconstruir las historias que entrelazo, porque son mis propias experiencias…y todavía no tengo alzheimer. ¡Cruzo los dedos para que no me ataque ese mal! Como te dije, todo lo andaba dentro, dando vueltas, rebotando en el alma; como lo digo en el libro, “como un pajarito herido que se resiste a morir”.

Pero rebuscando antecedentes, tal vez es justo que te diga que en el año 2010 un grupo de amigos que habíamos estado juntos en la insurrección de Diriamba (Salvador Mayorga, Flor de María Monterrey, César Delgadillo, Manuel Salvatierra, Fernando Caldera, Rivera Laínez, Jimena Oyanguren, entre otros) nos pusimos a reconstruir lo que había pasado día a día en los 16 que duró la toma de Diriamba. Esa reconstrucción nos tomó como seis meses e implicó reunirnos con combatientes y con colaboradores. Cuando terminamos no sabíamos qué hacer con eso, Salvador lo guardó y cuando Mónica Baltodano escribió el IV tomo de su obra “Memorias de la lucha sandinista”, dedicado a Carazo, se lo dimos como una contribución y ella nos respetó los créditos de esa cronología.

En el contexto de su libro, Mónica también nos hizo entrevistas a muchos que estuvimos en Carazo cuando la insurrección contra Somoza, y aunque hablé bastante, sentí que me había quedado corta y que necesitaba decir más, sacar más. Fue así que después de la entrevista me puse a escribir lo que no le dije por los límites de espacio que siempre tienen las entrevistas, y mis dedos fluidamente comenzaron a disparar retazos de esas historias sobre la PC, sin tener la más mínima idea para dónde iba con lo que me estaba saliendo desde las tripas. Luego lo olvidé, lo cerré, sentía que era anacrónico, que nada espectacular tenían mis historias, que lo vivido por mí lo habían vivido mis amigos también y miles más, y que me debía poner a escribir sobre otra cosa. Y efectivamente, desde entonces publiqué varios cuentos en algunas revistas.

Sin embargo, a finales del 2014 cuando murió Rafael, hermano Piquín Guerrero, entonces mi novio, fui a ver a su mamá a Diriamba, y Mario, su hermano menor me preguntó: Nadine, ¿habrá valido la pena la muerte de Piquín con todo esto? Enmudecí, tomé en serio el asunto y recomencé a escribir sin detenerme. Así fue que salió “Polvo en el viento”.

Varias veces le decía al escritor Mario Urtecho que ya me lo editara porque lo había terminado, y él lo hacía, pero luego yo volvía al libro. Un día antes de que HISPAMER lo enviara a la imprenta, todavía estaba cambiando palabras. Es horrible esto de terminar un libro, no quería cerrarlo, pero bueno, ¡terminé!

¿Y por qué escogiste la canción “Dust in the wind” (“Polvo en el viento”) como título para tu libro? ¿Acaso para mostrar lo efímeros que somos como parte de la historia?

La elección del título no tuvo tanta racionalidad. Fue simple: esa canción, igual que otras, sonaba en las radios durante el 1977, cuando fue creada por el grupo Kansas, y a Piquín y a mí nos gustaba; aunque también, como a muchos jóvenes de entonces nos gustaba Violeta Parra, Joan Baez, John Lennon, Bob Dylan, Joe Cocker, Cat Stevens y hasta el grupo Abba que estaba de moda. Y junto a esa música nos fueron gustando las canciones de Inti Ilimani, Víctor Jara, Daniel Viglietti, Mercedes Sosa, y luego el Grupo Pancasán y los Mejía Godoy. Pero en la radio, unos años antes de la caída de Somoza, “Dust in the wind” era una canción que se escuchaba y ahora está de nuevo de moda. A mis hijos les gusta, como les gusta Pink Floyd que también es de aquella época.

Sí es cierto lo que dice la letra de la canción: Somos polvo en el viento, efímeros como seres humanos, como seres vivos. Aunque te debo decir que en mis páginas no lo aplico en ese sentido, no creo que las luchas de los pueblos sean migas de la historia, siempre quedan cosas importantes, siempre trascienden. Los nicaragüenses, después de aquella década no somos los mismos, hay contextos adversos, pero ya no somos los mismos después de los ‘80. Y volviendo al título del libro, con el nombre de esa canción me refiero al olvido, ¡eso es lo peor! Es el olvido lo que te hace efímero. El olvido o la “no memoria” hace que desaparezca todo, que nada haya sucedido, que no exista el pasado, que se esfumen las referencias.

Con el olvido, ni los muertos tuvieron vida alguna vez y por eso reivindico la memoria como salvación de la vida, la ilusión y la esperanza, porque permite la reparación, aprender y desaprender. “Si te olvido, vos no naciste ni moriste ni te amé. Si te olvido, nada fue…” Eso le digo a Piquín en este libro.

Escribir para honrar el pasado, o para “amansar el pasado”, como dice Laura Restrepo. Visto así, ¿qué valor cobra tu libro en estos tiempos de desmemoria?

Su valor no sé cuál será. Ahí se verá después. Mi intención es sencilla: contar experiencias que se articulan en una historia de amor y de paso, eso puede contribuir a la reconstrucción de la memoria, es decir a la verdad, y la verdad nace de los que estuvimos de este lado y de los que estuvieron en el otro, es decir, de miradas distintas. Cada quien tiene la suya, pero el único sentido de construir memoria histórica es ir desenterrando esas verdades que vivimos, sean chiquitas o grandes, que están sepultadas, es decir, visiones, experiencias vividas, sentimientos experimentados, todo eso para reparar, para perdonar, para cambiar nuestros conceptos y aprender, buscando una comprensión o interpretación sobre el pasado y también sobre el presente y que paso nos sane. Aunque yo creo que deberíamos estar más locos de como quedamos.

También lo escribí para honrar la historia que vivimos muchos, para que sus nombres quedaran escritos, aunque sea humildemente en este libro. No puede ser que tanta sangre, que tanto costo social de un lado y del otro, se quede ahí, en el silencio del anonimato, en el olvido. Lo publiqué por una obligación moral con la gente y con la memoria histórica; hasta ahora comprendo su gran valor: ayuda a cerrar heridas y también a honrar y a celebrar la vida para seguir más livianos hasta que nos llegue la hora de la muerte.

Sin mayor pretensión te digo que también escribí para reivindicar las “verdades” de la gente que no escribe y menos que publica, las “verdades” que me contaron y mi “verdad”, entre comillas. Y digo entre comillas porque no existe una sola verdad, son trozos de verdades que juntas van haciendo una más grande.

Como te dije antes, cada persona con la que hablé en Diriamba y con mis amigos en Managua, quería que su nombre y el de sus muertos en las dos guerras seguidas que vivimos, quedaran registrados en las páginas de este libro. Todos querían que escuchara el nombre de sus héroes, de lo que hicieron, cómo colaboraron, o por qué no colaboraron, cuáles fueron sus miedos, sus desprecios y también sus quejas, sus denuncias, Conarca y su impacto en esa Diriamba que fue una de las ciudades más prósperas y lindas de Nicaragua.

Y no te voy a mentir, Gabriela. Yo no escribí este libro para curar mis heridas o por catarsis personal ni nada por estilo. Claro que yo, igual que vos y que muchos otros, vivimos dolores y amarguras en esos procesos que hay que sanar. Pero no todo fue amargura, yo también disfruté profundamente, amé, me encantó la adrenalina que salió de mi plenamente feliz en esas luchas por alcanzar la utopía y de verdad que no me arrepiento de nada. Claro que plasmar tus sentimientos en un papel te ayuda a sanar los dolores que se te acumulan en la vida, incluso, hay eventos que te marcan para siempre, y bueno, qué le vamos a hacer… siempre y cuando no te lleven a la locura, a la amargura o a la decrepitud del alma, que es lo peor que nos puede pasar.

Pero yo no escribí por terapia, aunque me terapié, por supuesto. Esto no quiere decir que no crea que deba haber procesos para sanar y buscar la reconciliación de las sociedades partidas en varios trozos después de haber vivido procesos tan drásticos y violentos. Lo que hace Martha Cabrera en Colombia, en El Salvador y aquí mismo con muchas personas merece respeto y tiene un gran valor, y es una lástima que no sea una política de Estado. Aquí en Nicaragua, como lo hay en otros países, deberíamos tener una política sobre la memoria histórica, incluso no necesariamente en torno a eventos de guerra o traumáticos, sino en torno a las mismas ciudades que – con el tiempo – han ido perdiendo su perfil, y que son parte de la identidad de la gente. Esto lo indico muy claramente en mi libro, y denuncio radicalmente la nefasta celebración que se le hace ahora al paraíso kitsch.

¿A quién va dedicada esta obra? ¿Son los jóvenes el público que quisieras que te lea?

Debería decirte que quisiera que lo leyera la gente joven, pero no diré eso. La juventud que lea lo que le venga en gana, y con tal que no lean a Cohelo, lo importante es que se instruyan, que eleven su cultura, y que no se detengan en tanta basura que abunda; que lean libros, diarios serios, información buena que sale en Facebook y que desechen la saturada información falsa, idiota y anodina que pulula ampliamente.

Estoy segura que hay un montón de chavalos y chavalas que les llamará la atención y lo van a leer, pero como quien lee una novela de amor, curiosa, con algo de género negro digamos, porque estas memorias están escritas con una estructura y estilo de novela, aunque no lo es, no existe ficción en sus páginas porque no lo necesita, la realidad simplemente lo parece.

Yo creo que es importante que la juventud lea sobre lo que pasa en el mundo y no solo en esta “aldea”, me refiero a los temas acuciantes que suceden como el cambio climático, el grave problema de los migrantes, las modelos de sociedad que están en crisis, las grandes brechas culturales, que sepan qué se debe hacer para salvar el planeta. Por supuesto que quiero que lean “Polvo en el viento”, ahí hablo de las tragedias del mundo; quiero que lean tu libro y otros libros similares, y tengo confianza en que lo harán. En algún momento los y las jóvenes irán a buscar la historia, lo que pasa es que a algunos les huele mal, le huele a pólvora y tienen razón, no es nada bonito hablar de sueños hechos chingastes.

Mirá, cuando a mí las monjas del colegio me ponían a leer sobre la guerra de la independencia en Nicaragua o sobre la revolución francesa, no les hacía caso porque me parecía obligado y aburrido, y más bien salía escondida a buscar los libros de mi hermano Norman: “Cien años de soledad”, “Crimen y castigo”, “Los miserables”, etc., y esos libros me fueron llevando a otros. Así es que no hay que insistir con la juventud, yo estoy segura que lo leerán porque este libro no es aburrido.

Antes de mandarlo a la gerente editorial de Hispamer, se lo di a leer a varios amigos jóvenes (a los que llaman milénicos) y algunos me mandaron comentarios muy buenos porque dicen que les impactó mucho emocionalmente y conocieron personajes universales que ahí cito, y música de varias generaciones.

Yo quiero, sobre todo, que lo lean los de Diriamba, los caraceños, mi generación adulta. Quiero que lo gocen y lo critiquen. Es una forma de enaltecer y rendirle el charro a mi generación, pero aún con toda la experiencia que hemos acumulado, siento que puede invitar a escribir más y construir nuestras propias versiones de la historia. La revolución sandinista, antes, durante y después, es una fuente inagotable de inspiración, igual que la Segunda Guerra Mundial sobre la que, a pesar de los 50 años transcurridos, se siguen haciendo películas.


Este 12 octubre Polvo en el viento se presentará en el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra. Si querés leer la entrevista completa de Gabriela Selser a Nadine Lacayo, da clic aquí

  • Crecencio Ñurinda

    Particulas de agua
    que madrugan
    para adherirse
    a las hojas y
    que les llamamos
    rocio,se juntan
    y nada queda
    vacio.
    Seguira corriendo
    agua por el rio,
    pasara debajo
    del puente de
    la historia, nada
    se perdera,
    la memoria
    de unos o la
    memoria de
    otras la
    atraparan.