Cultura

36 años después de la Cruzada de Alfabetización

Regreso a Waslala: reencuentro con mis papas
Xochilt Martínez | Niú

“Mi niña linda”, me dice doña Francisca, mientras me besa y yo me refugio en sus brazos. “¡Juan, mire, ya vino la Gravielita!”

     
  • Gabriela Selser
  • 27 de agosto 2016

9 de julio de 2016. Es sábado y llueve. Inicio mi viaje hacia el Norte con la idea de llegar hasta Waslala, en busca de una familia en cuyo hogar alfabeticé hace 36 años. No he visto a mis papas campesinos en mucho tiempo, pero hemos hablado por teléfono. A sus hijos, hijas y nietos, varios de ellos ahora profesionales, los reencontré navegando en las trochas y recodos de Facebook.

Llevo conmigo una copia en papel bond de mi libro “Banderas y harapos”, que pronto estará impreso. Ojalá doña Francisca y don Juan puedan leerlo y puedan bajar a Managua para acompañarme en la presentación, pienso, mientras un bello paisaje de neblina y montañas azules vuelve a desfilar frente a mis ojos.

WaslalaCuatro (2)

Dejamos atrás la ciudad de Matagalpa y emprendemos un trayecto de casi 120 kilómetros al pie de la cordillera Isabelia, bordeando prácticamente la frontera entre los departamentos de Matagalpa y Jinotega. El paisaje obliga a detenerse para tomarle fotos al impresionante macizo de Peñas Blancas, con picos de hasta 1.700 metros de altura y en cuyas laderas casi desnudas de árboles se extienden vorazmente los cultivos de frijol. El hombre como plaga…

Estos cerros coronados de nubes son parte de Bosawás, la reserva de biosfera de 8.000 kilómetros cuadrados que, según el científico ambientalista Jaime Incer Barquero, habrá desaparecido en quince años si no se frena ya la tala y el negocio despiadado y brutal de la madera.

Después de pasar por El Tuma-La Dalia, un conocido “puerto de montaña”, atravesamos Rancho Grande, que luce igual de pobre que hace tres décadas. El pavimento acaba poco después, dando paso a un tortuoso camino de macadam erosionado por la lluvia. Las filosas piedras puntiagudas asoman amenazantes bajo las llantas y obligan a reducir al mínimo la velocidad.

Los caminos de la Cruzada

Por estos mismos caminos transitó el pesado camión que nos trajo a estas hermosas montañas, aquella tarde de marzo de 1980, un día antes de mi cumpleaños número diecinueve. Éramos solamente bultos somnolientos rebotando sobre el piso helado. Adolescentes, felices, todo nos daba risa y nos creíamos dueños del mundo. Cantábamos “Josefana va” sin conocer el significado de aquellas palabras tan rurales: cayuco… pipante… pepena… socolar. Yo solo sabía que esa muchacha iba a alfabetizar… ¡Igual que nosotros!

Waslala (2)

Volvería a esta zona un año después de la Cruzada de Alfabetización para visitar a mi familia, y regresaría nuevamente en 1984, cuando ya convertida en periodista me tocó cubrir un operativo del legendario Batallón de Lucha Irregular (BLI) “Simón Bolívar” en las selvas de Cerro Verde, Cerro Blanco y el Algodón.

Aquella tarde, a bordo de un helicóptero MI-8 del ejército sandinista que también trasladaba heridos y muertos, divisé desde el aire a mi querida comunidad de San José de las Casquitas convertida en cenizas. Por suerte, los González Aráuz se habían salvado; los reencontré viviendo en un solar en el pueblo de Waslala…

En Las Casquitas, como le llamábamos para abreviar, quedaba la finca “El Paraíso”, donde doña Francisca Aráuz y don Juan Ramón González Zeledón criaban a sus nueve retoños y me aceptaron sin reparos como una décima hija durante los seis meses que duró la campaña educativa, en la que enseñé a leer y escribir a mis papas y a cuatro de mis nuevos hermanos.

Fui yo la brigadista que les tocó en suerte y para todos comencé a ser “la Gravielita”, esa que hablaba con un extraño acento argentino, que temía a los insectos y que ilusamente cayó en la broma de sus compañeras de escuadra cuando le hicieron creer que los nacatamales brotaban de los árboles, con todo y mecatitos. La misma que se atrevió a preguntar en la reunión semanal de alfabetizadoras por qué razón los siete chanchos de la casa la esperaban sonrientes junto a la trocha, meneando sus colitas, mientras ella hacía sus necesidades tras los matorrales…

Sí, realmente don Juan tuvo mucho trabajo: me enseñó a montar en mula, a rajar troncos para leña y a calcular la hora con sólo ver la posición del sol, tal y como él lo hacía con picardía, golpeteando su dedo índice sobre la muñeca izquierda, aunque no tenía reloj.

También supo consolarme, como mi padre lo hubiera hecho, aquella mañana en que huí del rancho llorando después de ver a Nina, la hermana mayor, sacrificar a una gallina para cocinarla en sopa. Y por eso también se apareció días después trayendo en su montura a “Revolución”, una gallina de plumas sedosas y andar alocado que se dejó entrenar por mí casi tan dócilmente como un perro.

Y cuando las radios comenzaron a transmitir las noticias sobre la muerte de alfabetizadores en el campo a manos de bandas de ex guardias somocistas –Georgino Andrade fue el primer brigadista asesinado, el dieciocho de mayo de 1980, en una comarca de Chinandega–, don Juan comprendió mi temor y su voz estuvo ahí para darme confianza: “Mire muchacha, ¿ve todos esos machetes que tengo detrás de la puerta? Bueno, quiero que sepa que si alguien viene a hacerle daño, me tendrá que matar primero a mí antes de tocarla a usted…”.

Recorro como entonces estos caminos y el vehículo cruza lentamente estrechos puentes de cemento sobre ríos con nombres de mujer: Tuma… Yaosca… Sofana… Iyas… Zinica… ríos cansados de tanta sequía, que luchan por nutrirse con las primeras lluvias de este año.

El espectro de la guerra

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A nuestro lado pasa a mayor velocidad una camioneta en cuya tina viaja, de pie, un hombre armado con un fusil plegable y pistola al cinto. ¿Y eso? Comentamos que debe ser el guardaespaldas de un finquero y que seguramente el vehículo traslada el pago de los trabajadores. En la zona no se ven policías ni miembros del ejército.

“Es que aquí anda gente fea –nos cuenta una persona a la que le hemos dado raid–, no son grupos grandes pero asaltan, sí. Hace poco robaron en un bus llenito de gente y si ven un vehículo raro, con placas de Managua, lo esperan al regreso para detenerlo…”.

La camioneta avanza delante de nosotros sobre la incómoda alfombra de piedras puntudas. El hombre en la tina mira hacia los lados, clava los ojos en los árboles y sobre cada vuelta del camino. “Anda chiva”, dice alguien. Y yo vuelvo a sentir aquel sudor helado en las manos, vuelvo a tragar grueso; me veo a mí misma viajando por los sinuosos caminos de Macuelizo o Susucayán, allá por 1985. Y me invade el miedo de aquella noche cuando cruzamos el entonces indómito río Coco cerca de Quilalí, en el jeep de Barricada que ya estaba “circulado” por la contra y su Radio 15 de Septiembre. Por el terror o por simple estupidez, el fotógrafo Carlos Durán y yo nos habíamos amarrado con mecates a los asientos del jeep, pensando ingenuamente que no nos ahogaríamos si el río nos arrastraba…

De vuelta en el presente, un rótulo a la derecha del camino invita a girar hacia el noreste: “Parque ecológico Boca de Piedra”, anuncia y una flecha señala hacia la montaña donde Carlos Fonseca cayó en combate, en 1976. Falta todavía un rato para llegar.

Al cabo de tres horas atravesamos Waslala, que hoy es una inmensa ciudad repleta de negocios y finqueros a caballo, y continuamos sobre un camino empinado y siempre cubierto de esas odiosas piedras. Vamos ahora a Waslalita, un poblado mínimo y silente sobre la ruta que conduce a Siuna. Don Juan y doña Francisca se han mudado ahí hace varios meses y con ayuda de algunos hijos y nietos construyen una casa al final de la calle. “Esto es amor”, pienso cuando mi espalda me recuerda que ya no tengo 20 años y que este viaje es verdaderamente pesado…

¡Ya vino la Gravrielita!

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Waslalita no exhibe un cartel de bienvenida; tampoco tiene un hospital ni un banco. Es tan solo una larga calle de tierra, con casas a ambos lados, idéntica a su hermana mayor, Waslala, hace 36 años. Bajo el sol que cae a plomo, respiro con la alegría de haber llegado al fin del mundo.

Y finalmente, el momento esperado: doña Francisca sale a mi encuentro y acaricia mi cabello como el primer día. “Mi niña linda”, me dice mientras me besa y yo me refugio en sus brazos. “¡Juan, mire, ya vino la Gravielita…!”, exclama y mi papa sale despacio hacia la calle. Me quedo parada observándolo, mientras aprieto contra mi pecho el libro en papel bond que guarda los relatos de aquellos años maravillosos.

Don Juan ya no es aquel hombre fornido que ríe estirándose el bigote en las fotos de mi viejo álbum; al que veíamos regresar del campo cada tarde sobre su brioso caballo café, con el rostro quemado por el sol y la espalda recia cargando sacos de maíz. Es un anciano que me sonríe y sabe que voy a correr hacia él. Bajo su abrazo, ahora frágil, cierro los ojos para no dejar escapar tantos recuerdos. Me seco las lágrimas con la palma de la mano y veo que él también tiene algunas. Nos reímos. “Es que hay mucho polvo”, digo, disimulando la emoción. Y él me consuela, como siempre: “No llore, mi muchachita, ¿no ve que ya nos estamos mirando…?”

Banderas y harapos

Esta historia forma parte de la vida de la periodista Gabriela Selser, alfabetizadora y corresponsal de guerra del diario Barricada en la década de 1980. Su libro de memorias “Banderas y harapos/ Relatos de la revolución en Nicaragua” será presentado el día jueves 8 de septiembre de 2016 a las 6:00 pm, en el Aula Magna “César Jerez” de la UCA, con entrada libre.

En el conversatorio sobre esta obra participarán el escritor Sergio Ramírez y la doctora en sicología Martha Cabrera. También estarán presentes con su música los cantautores Norma Helena Gadea y Luis Enrique Mejía Godoy. Los invitamos a asistir.

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