En pantalla

Benedict Cumberbatch sucumbe al lado salvaje en “The Power of the Dog”
The Power of the Dog

“El poder del perro” es una misteriosa exploración sobre cómo la homosexualidad negociaba —y quizá negocia aún— parámetros de sobrevivencia en un mundo heteronormativo.

     

En una escena de “The Power of the Dog”, un grupo de vaqueros cargan un piano hacia la casa de su jefe, un reducto de civilización incipiente a la sombra de montañas vírgenes en Montana, Estados Unidos. La imagen trae ecos de “El piano” (1993), el filme que lanzó a la fama a la directora australiana Jane Campion. Ese arrollador drama de liberación sexual femenina se siente como el perfecto opuesto de esta misteriosa exploración sobre el deseo reprimido en clave masculina.

En 1925, los hermanos Burbank manejan con buen suceso el rancho ganadero de su familia. No pueden ser más diferentes. Phil (Benedict Cumberbatch) es rudo y masculino. George (Jesse Plemmons) es terso y manso. El orden se rompe cuando George se casa impulsivamente con Rose (Kirsten Dunst). Phil resiente a su nueva cuñada y a su hijo adolescente, Pete (Kodi Smith-McPhee). Su hostilidad desencadena una serie de acontecimientos que culminarán en tragedia.

Lo que viene califica como ‘spoiler’, así que quizás prefiera leer después de verla. “El poder del perro” es una misteriosa exploración sobre cómo la homosexualidad negociaba —¿negocia?— parámetros de sobrevivencia en un mundo heteronormativo. Phil ha aprendido a reprimir sus deseos y sobrecompensar. El matrimonio de su hermano llama la atención sobre su soltería permanente. La disposición delicada de Pete es como una refutación contra su manera de vivir. La primera vez que lo vemos, está haciendo flores de papel, y su madre lo sorprende con un álbum de estampas de hadas y estrellas de cine. Olas de temor y ternura chocan en el rostro de Rose. Sabe que el mundo es cruel con gente como su hijo.

Sus peores temores se materializan cuando se mudan al rancho. En vacaciones de verano de la escuela de Medicina, Pete es como un blanco para el escarnio. La hostilidad machista es tan aceptada socialmente, que los vaqueros se burlan de él, incluso enfrente de sus padres. Phil lidera el linchamiento. Esa homofobia internalizada que lo carcome es una herencia, como la caja de revistas pornográficas y el retazo de tela de una camisa de Bronco Henry, el hombre que le enseño a ser un vaquero y a encajar en el mundo. Quizás él puede ser el Bronco Henry de Pete. Así, fundiría en un solo acto de seducción, la venganza perfecta y la consumación de sus deseos.

“El poder del perro” es un brillante ejercicio narrativo, que encuentra la manera de sorprender sin traicionar la lógica de la historia. La directora Jane Campion, adaptando la novela de Thomas Savage, abraza el origen literario del material, dividiendo la película en capítulos. No es un gesto vano, pues enfatiza momentos claves de la narrativa. El primer episodio cierra con un revelador diálogo entre los hermanos. George reprende a Phil por maltratar a Pete y hacer llorar a la madre. “Solo dije que tiene que reaccionar y empezar a actuar como humano…ella debería saberlo”. Confrontado con alguien como sí mismo, Phil solo puede atacar con el afán de “corregir” y plantea como “inhumana” la delicadeza del muchacho. De un tajo, defiende el ‘statu quo’ y la represión de su propio ser.

Campion tiene un dominio magistral del lenguaje audiovisual. Vea cómo el personaje de Phil es introducido. La cámara, dentro de la casa, hace un ‘travelling’ lateral, registrando cómo se acerca a través de las ventanas. Un vaquero salvaje y sucio secretamente domado, invade ese reducto de la propiedad social. En la recta final de la película, la toma se repite en circunstancias muy diferentes. La simetría es devastadora.

El paisaje de la Nueva Zelandia salvaje en “El piano” reflejaba los sentimientos indómitos de su protagonista, aquí —pasando por Montana— la naturaleza está domada por el capitalismo en ciernes. Phil es un agente de dominación, pero su pretendida ferocidad es exageración teatral, un esfuerzo consciente para fundirse en el colectivo. Quiere ser más hombre que los hombres, porque el orden social lo ha doblegado.

Cumberbatch abre rendijas en la coraza de su masculinidad tóxica, lo suficiente como para rescatar al personaje de la villanía. Pero él es el titular en un reparto de uniforme excelencia. Dunst da una legítima sinfonía de vulnerabilidad y Scot-McPhee reta las expectativas del espectador de forma artera. “El poder del perro” es más fuerte en los que menos se espera.

“El poder del perro”
(The Power of the Dog)
Dirección: Jane Campion
Duración: 2 horas, 6 minutos
Clasificación: * * * * (Muy Buena)
*Disponible en Netflix