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Blog | El Infierno en la Divina Comedia de Dante
Divina comedia
Foto: wikimedia commons

En el Infierno de la Divina comedia nos enteramos de muchas historias y anécdotas con nombres propios y detalles terribles, pero entretenidos

     

Dante murió hace 700 años. Lo conmemoré leyendo completa la Divina comedia. Antes había leído partes del Infierno. Pero ahora lo disfruté aún más. Comparados con las penas ambiguas del Purgatorio o con el aburrimiento del Paraíso, los terribles castigos infernales me provocaron una mezcla de compasión y fascinación perturbadoras. Algo similar a lo que el propio Dante dice experimentar cuando los condenados asoman de los pozos de fuego o de mierda para relatarle sus pecados. Para que puedan hablar los demonios hacen una breve pausa en los tormentos; total, nadie volverá a interrumpirlos hasta que acabe la eternidad. Varias veces el poeta afirma haberse desmayado abrumado por la pena y el horror. Pero, cuando despierta, continúa observando y pidiendo más detalles truculentos, fascinado.

Uno de los castigos más crueles lo sufre el conde Ugolino. En vida este infeliz fue un gran traidor. Por ello él y sus hijos fueron encerrados en una torre y condenados a morir de hambre. Ugolino vio fallecer a sus vástagos y luego, quizás, se alimentó con sus cadáveres antes de sucumbir. Como si ese infierno en vida no fuera suficiente, una vez muerto la inflexible justicia divina lo arrojó hasta el noveno círculo del averno. Pero allí, al menos, Dios le concedió una revancha: Ugolino puede roer, eternamente, la cabeza viva del enemigo que lo encerró en aquella torre.

Desde hace siglos los lectores han preferido enterarse de castigos espantosos como ese de Ugolino, antes que enaltecerse con los cantos que Dante dedicó al piadoso Purgatorio y al beatífico Paraíso. Una explicación tradicional para esa preferencia por el Infierno dantesco ha sido teológica. Leer sobre el Infierno resultaría más atractivo que hacerlo sobre el Paraíso porque nuestra alma, sedienta de salvación, nos induce a observar esos castigos eternos para aleccionarnos y que nos corrijamos mientras haya tiempo.

Dios me libre de disputar esa hipótesis edificante avalada por teólogos y filósofos. Sin embargo, propongo que el atractivo del Infierno también podría explicarse, simplemente, por sus méritos narrativos.

En el Infierno de la Divina comedia nos enteramos de muchas historias y anécdotas con nombres propios y detalles terribles, pero entretenidos. En menor medida, algo similar ocurre durante la ascensión a la montaña del Purgatorio. En cambio, cuando por fin llegamos al Paraíso, el poema tiende a convertirse en una “Divina conferencia”. Los relatos sabrosos escasean, reemplazados por intrincados discursos teológicos. El Infierno es humano y narrativo, el Paraíso es demasiado divino y muy especulativo.

Incluso los colores del Infierno son más nítidos y concretos: negro o rojo sangre. En cambio, las coloraciones del Purgatorio son grises, vaporosas y exangües. Mientras el Paraíso destella encegueciendo al mortal que pretende mirarlo o leerlo.

Desde luego, nadie querría vivir en el Infierno. Pero el Paraíso que describe Dante tampoco parece muy habitable. Pasarse la eternidad escuchando a legiones de “buenistas” que, con sus índices parados, nos endilgan discursos virtuosos podría ser una tortura peor que las diabólicas. Por ejemplo, cuando por fin Dante culmina su peligroso viaje y llega al Paraíso, su amada angelical, Beatriz, no lo acoge con palabras tiernas y consoladoras. ¡En vez de eso lo regaña y le imparte unas lecciones éticas de padre y señor mío! Escuchando a esa puritana el lector siente ganas de tomar la mano de Dante y volverse con él al Infierno.

También es posible que las regiones infernales de la Divina comedia nos resulten más atractivas porque su actualidad es permanente. En el tercer círculo infernal Dante encuentra a un compatriota florentino. Apelando a la clarividencia de los espíritus, el poeta le pregunta por la patria común desgarrada por odios políticos: “¿A dónde irán a parar los habitantes de esa ciudad tan dividida por facciones? ¿Dime por qué razón se ha introducido en ella la discordia?”. El espíritu del florentino contesta resumiendo las causas de los rencores sociales que desgarran su patria: “La soberbia, la envidia y la avaricia son las tres antorchas que han inflamado los corazones.”

Entre los condenados al Infierno dantesco abundan los políticos. Esa parte del poema debería exigirse como lectura obligatoria para quienes aspiran a gobernarnos.

*Este texto fue publicado también en la página del autor: Carlos Franz