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Blog | La noche más larga, llena de ideas negras
la noche más larga

La Tierra debe haber empezado ya su lentísimo retorno hacia el sol. También nuestros terrores y sombras contemporáneos podrían disiparse luego de esta noche que se alarga.

     

Anochece. Comienza el solsticio de invierno. Esta será la noche más larga del año en estas latitudes del hemisferio sur. Durará unas diez horas. Quizás por eso mismo, mucho antes de la madrugada me desvelo y la oscuridad se me hace eterna. El silencio es absoluto. La era digital, que trajo y arrasó tantas cosas, también apagó el tictac de los relojes despertadores.

El pozo sin ecos de esta noche larga se llena, para mí, de ideas negras. Los polos que se derriten mientras la humanidad se polariza; el fanatismo político y sus pataletas; las variantes de la pandemia que amenazan con agotar el alfabeto griego. Ya vamos en la letra delta. ¿Cuándo lleguemos a la letra omega ocurrirá el Apocalipsis y regresará el mesías? “Yo soy el alfa y el omega”…

¡Basta! Antes que ahogarme en esos terrores contemporáneos prefiero refugiarme en los miedos ingenuos de mi niñez. Entonces la fecha mágica más próxima a los solsticios de invierno era el 24 de junio, víspera de San Juan. Esa era la “noche de los brujos”, antes de que importáramos el susto plástico de Halloween.

Los rituales se iniciaban escondiendo tres papas debajo de la cama. Una de ellas pelada, la otra a medias y la tercera sin pelar. Justo a medianoche mi hermano Rafael y yo bajábamos de nuestras camas y, de guata en el suelo, palpábamos en la oscuridad. Si la primera papa que tocábamos era la pelada el resto del año sería pésimo, nos pillarían en todas nuestras maldades y nos castigarían. Sin embargo, para mí lo peor no era sacar la papa pelada sino buscarla a ciegas en ese suelo frío. ¿Y si en vez de una papa mi mano agarraba una araña peluda o la pata engarfiada del mismísimo demonio?

La culpable de que practicáramos rituales como ese fue mi queridísima abuelita, Lastenia. Criada en el campo, en Los Andes, mi abuela era un tesoro vivo de leyendas. A escondidas de mi madre, que condenaba esos mitos “paganos”, mi abuela nos explicaba que en la noche de San Juan, por ser tan larga, los brujos tenían más tiempo para hacer sus conjuros. Explicación que mi hermano y yo encontrábamos lógica y deliciosamente aterradora. Asimismo, mi abuela relataba que durante noches como esa, en la hacienda de su papá, los campesinos azotaban los árboles frutales para que, en primavera, florecieran de nuevo. La gente del campo pensaba que en el invierno la naturaleza se duerme profundamente. Por eso, durante la noche más larga, ellos debían despertar los árboles a guascazos. De lo contrario, esos frutales flojos podían seguir durmiendo para siempre.

“¿Usted cree de verdad en esas cosas, abuelita?”, le preguntábamos mi hermano y yo. La abuela, Lastenia, fijaba en nosotros sus grandes ojos celestes y nos sonreía con bondadosa picardía. Luego se encogía de hombros y recitaba: “No creo en brujos, Garay. Pero haberlos, los hay.” Esta respuesta proverbial admitía nuestra naciente incredulidad sin arruinar nuestra fascinación.

Ahora en Chile el solsticio de invierno será festivo. Esta fiesta es parte de nuestra herencia mestiza. Los pueblos indígenas celebran esa fecha como fin de un ciclo e inicio de otro. Los mapuches entendieron que la naturaleza empieza su regeneración anual precisamente cuando el frío y la oscuridad son mayores.

También en la zona de influencia quechua se veneraba este momento astronómico. Los sacerdotes calculaban con exactitud el solsticio de invierno. En el atardecer previo realizaban una ceremonia vital para la civilización incaica. El sacerdote “ataba” el sol poniente con un lazo mágico. La otra punta de esa cuerda simbólica se anudaba a un altar de piedra, el intihuatana. (Cuando niño vi restos de uno de ellos cerca de la desembocadura del Maipo.) Durante la noche más larga las oraciones del pueblo mantenían tirante esa “cuerda”. Era imperativo evitar que el sol continuara alejándose de la Tierra. Si ese vínculo se rompía nuestro planeta saldría de su órbita y quedaría vagando en la oscuridad y el frío para siempre. Porque cada solsticio podía ser el último, cada reinicio del ciclo era una fiesta de salvación.

Me destapo la cabeza que había cubierto con la sábana. Entre las cortinas se filtra un fantasma de luz. La Tierra debe haber empezado ya su lentísimo retorno hacia el sol. También nuestros terrores y sombras contemporáneos podrían disiparse luego de esta noche que se alarga. Estamos en la parte oscura y fría de la historia. Habrá que azotar los árboles, habrá que atar el sol, habrá que palpar el suelo en la oscuridad buscando la papa correcta. Sobre todo, los brujos y los sacerdotes deberán unir sus magias en vez de maldecirse mutuamente. Así, ojalá, doblaremos la esquina de esta noche y volveremos a la luz.