En pantalla

“Cazafantasmas: El legado”: Comedia muerta que regresa del más allá
Cazafantasmas

Estamos ante la presencia de una de las películas más extrañas del año. La explotación de la nostalgia alcanza un punto álgido y se combina con un acto de resurrección.

     

En 2016, el director Paul Feig presentó una nueva versión de “Ghostbusters” cambiando el género de los personajes titulares, de hombres a mujeres. La película resultante era simpática e inofensiva, pero fue recibida con un huracán de críticas virulentas. Parecía que había mancillado un texto sagrado, con solo aplicar un superficial giro feminista.

Cinco años más tarde, nos llega esta versión liderada por Jason Reitman. Es una secuela a los dos filmes originales, dirigidos por su padre, Ivan Reitman. Nadie lo expresa de esta manera, pero estamos ante una especie de refutación, que pretende “salvar” el legado de dos tesoros de la infancia de un amplio público masculino adulto. “Ghostbusters: Afterlife” es una película para niños de 50 años de edad.

Un breve prólogo muestra a un hombre asediado por fuerzas invisibles en una granja dilapidada. Nunca vemos su rostro, pero queda claro que se trata del Dr. Egon Veckman, legendario cazafantasmas. Aparentemente, abandonó a su familia para recluirse en este fin de mundo, solo para morir aterrado. Hasta ahí llegan su hija resentida, Calie (Carrie Coon) y sus dos nietos, el adolescente Trevor (Finn Wolfhard) y la intelectual Phoebe (McKenna Grace). Son tan pobres, que deben reclamar la ruina como su nuevo hogar. Pronto, empiezan a experimentar fenómenos paranormales. Los fantasmas son parte de la herencia.

La esencia cómica del original (1984) es suplantada por un drama de superación personal y reconciliación. Phoebe es una niña retraída, aislada por su intelectualidad. En el proceso de asumir como propia la misión de su abuelo, se encontrará a sí misma. Uno creería que la ausencia de su padre sería el trauma mayor, pero nadie se molesta en registrarlo.

Desde el vehículo oficial hasta el fantasma glotón que devora metales, todas las referencias reconocibles están bañadas en reverencia, bruñidas en nostalgia. Eso incluye a la trama misma. Los incidentes principales son un virtual calco de la mitología inventada en el primer filme. Gozer, dios de la destrucción, apunta a regresar al plano terrenal para acabar con la civilización. Dos personajes son poseídos por dos demonios, Guardianes de la Puerta y la Llave, para completar el rito de invocación. Hasta los chistes son reciclados: al convertirse en dos monstruosos reptiles, son identificados como “perros”. Menos que una continuación, la película parece un remake, con más drama que comedia.

Los símbolos del producto taquillero corporativo están presentes. Una extensa secuencia de acción tiene lugar en un Walmart claramente identificado. Estrellas reconocibles asumen pequeños papeles. J.K. Simmons es el patriarca del pueblo, culpable de invocar al ente maligno. Olivia Wilde es Gozer, que todavía viste como modelo escapada de un videoclip de Duran Duran. Por qué un ente divino milenario aparece en 2021 como una modelo de los 80 es una incongruencia que pone en evidencia la edad de la audiencia meta.

Existen otras reliquias del pasado: un niño asiático es reclutado como compañero de aventuras y alivio cómico. Al igual que “Short Round” (Ke Huy Quin) en “Indiana Jones and The Temple of Doom” (Steven Spielberg, 1984) ni siquiera le conceden un nombre propio. Se identifica con el apodo “Pódcast”…porque vive grabando un pódcast. ¿Entienden? En un plano menos racista, de Spielberg también viene la preocupación por una familia fragmentada, y su reconstrucción bajo presión. Nada en el primer filme sugiere estos niveles de gravedad. Parece que el revisionismo es bueno, excepto cuando amenaza la sensibilidad masculina.

El clímax termina de convertirla en una de las películas más extrañas del año. La explotación de la nostalgia alcanza un punto álgido y se combina con un acto de resurrección. No hay manera de hablar de esto sin incurrir en un spoiler, así que lea bajo su propio riesgo: el fantasma de Veckman se materializa para ayudarle a los protagonistas en su batalla final, y sellar la reconciliación familiar con un abrazo.

Tomen nota de que el actor Harold Ramis falleció en 2014. El uso de su imagen, facilitado por animación digital, es redundante. Después de todo, su presencia invisible ya estaba sugerida, guiando a Phoebe en el proceso de desentrañar el misterio. Que quieran tomar “en serio” la mortalidad implícita en el concepto de la fantasmagoría es válido. Desconozco qué malabares éticos y legales ejecutaron los cineastas para hacer esto, pero el resultado me parece morboso.

“Cazafantasmas: El legado”
(Ghostbusters: Afterlife)
Dirección: Jason Reitman
Duración: 2 horas, 4 minutos
Clasificación: * * (Regular)