En pantalla

Clint Eastwood endulza el otoño de un vaquero en “Cry Macho”
Cry macho

De alguna manera, “Cry Macho” se cura en salud escenificando la acción en 1979. El paternalismo y la condescendencia pueden justificarse no solo por la edad del artista, sino también por la escenificación de la acción en el pasado.

     

Hay algo inspirador en la resiliencia de Clint Eastwood. Con 91 años sigue haciendo cine, en una industria cada vez más dominada por productos salidos de una línea de ensamblaje. Incluso sus trabajos menos afortunados, brillan en comparación a los títulos que le disputan pantallas en los cines.

Dirigir es un trabajo generoso. Muchos cineastas veteranos producen películas que parecen hechas por hombres jóvenes. Al asumir un papel protagónico y plantarse frente a la cámara, la realidad biológica se impone. “Cry Macho” no puede evitar que la vejez se convierta en el tema imperante. Es un reconocimiento de la propia mortalidad.

Mike Milo (Eastwood) es un vaquero de rodeo, viviendo sus últimos años a la sombra de Howard Polk (Dwight Yokam), un ranchero rico que lo protege. Un buen día, recluta al nonagenario para una misión: debe ir a México para “rescatar” a Rafo (Eduard Millet), un hijo que nunca ha visto, que supuestamente es abusado por su madre. El “macho” del título no es el vaquero viejo, sino un gallo de pelea que el muchacho atesora.

La madre, Leta (Fernanda Urrejola) parece presidir un imperio criminal. Mike cae de paracaidista en su lujoso rancho durante una fiesta. Prontamente es llevado a la recámara principal por dos guardaespaldas, para lo que termina siendo una malograda escena de seducción. ¡Qué decadente!

Bien puede ser que esta sea un resabio del guion original —el proyecto ha estado en la tubería desde los 70—, pero la imagen de una voluptuosa mujer de mediana edad tratando de hacer suyo al anciano pone a prueba nuestra credulidad. El hombre maduro y la joven lozana es uno de los clichés más resistentes de Hollywood, pero aquí Eastwood lo empuja a extremos ridículos.

Y no termina ahí. En su huida a la frontera, con los mafiosos pisándoles los talones, Mike y Rafo se desvían a un pequeño pueblo donde estrechan lazos y experimentan, por unos preciosos días, una vida idílica en su normalidad. Ahí encuentran a Martha (Natalia Traven), la dueña de un restaurante. Ella es una abuela aún joven, que rápidamente decide…hacer suyo al nonagenario. Yo sé, es demasiado.

Desde los mafiosos hasta el interés romántico, casi todos los personajes secundarios rayan en la caricatura. No estarían fuera de lugar en uno de esos melodramas que Disney hacía con actores de carne y hueso en los 60. De alguna manera, “Cry Macho” se cura en salud escenificando la acción en 1979. El paternalismo y la condescendencia pueden justificarse no solo por la edad del artista, sino también por la escenificación de la acción en el pasado. Es anticuada por diseño.

Eastwood acarrea consigo el bagaje de décadas de trabajo como actor, refinando la imagen del gringo rudo. Es una especie de ícono de la Norteamérica blanca y conservadora, pero resulta sorpresivamente progresista para esos estándares. Véase “Gran Torino” (2008), en la que interpreta a un veterano de la guerra con Corea, que supera sus prejuicios para proteger a una familia coreanoamericana de una pandilla. En el curso de las películas, su personaje viaja de la ignorancia a la comprensión, del odio al reconocimiento de la humanidad en el otro. Por eso, parte del estereotipo, con el objetivo de llegar a un lugar mejor.

En otro nivel, estamos ante una fábula de reeducación. La aspereza de la masculinidad tradicional debe lijarse, con amabilidad y tortillas recién hechas. Martha alimenta a los fugitivos y los introduce a los placeres de un hogar cariñoso. Rafo aprende el oficio de domar caballos —sí, el simbolismo es obvio—. Macho pasa de ser un luchador que arriesga su vida en un violento juego de azar, para convertirse en una mascota. El macho, domesticado.

Si nos ponemos generosos, podemos asumir que la simpleza del arco dramático y la caricatura benigna no son defectos, sino una característica. En un momento en que la migración es un tema contencioso y volátil, Eastwood mira hacia su frontera sur con una calidez entrañable. Como siempre, la puesta en escena del director es poética en su simpleza. La fotografía de Ben Davis y la música de Mike Mancina le dan a “Cry Macho” un tono elegíaco y otoñal.

El último acto en la carrera del “hombre sin nombre” se siente como una larga despedida. “Cry Macho” es un trabajo menor, pero no quieres que termine.

“Cry Macho”
Dirección: Clint Eastwood
Duración: 1 hora, 44 minutos
Clasificación: * * (Regular, recomendada con ciertas reservas)