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Daniel Day Lewis se despide con un clásico para adultos: “El Hilo Fantasma”
reseña el hilo fantasma
Fotograma: El Hilo Fantasma

La película deslumbra con la exquisitez de su manufactura, ofrece muchos placeres sensoriales, pero al mismo tiempo posee una cualidad enigmática. Hay algo crucial que no termina de revelarse

En Londres, en algún momento de la década de los cincuenta, el diseñador Reynolds Woodcock (Daniel Day Lewis) preside un atelier frecuentado por la realeza y la más rancia aristocracia. Él es el genio creativo, y su hermana Cyril (Leslie Manville), la administradora que mantiene la operación funcional. Tras intensas jornadas de trabajo, salta a su auto deportivo y huye a su casa de campo. En una de estas escapadas, conoce a Alma (Vicky Krieps), una mesera un poco torpe, en quien detecta lo que franceses llaman un je ne sais quoi. La invita a salir esa misma noche, y la cita termina con Reynolds haciéndole un vestido y su hermana tomando las medidas. El artista tiene una nueva musa.

“El Hilo Fantasma” es el octavo largometraje de ficción de Paul Thomas Anderson, uno de los directores más importantes del cine contemporáneo. La película supone una reunión con Day Lewis, su estrella en la brillante “There Will Be Blood” (2007). El título hace alusión a palabras que el diseñador borda secretamente en los ruedos de las prendas que hace. La película misma es así. Deslumbra con la exquisitez de su manufactura, ofrece muchos placeres sensoriales, pero al mismo tiempo posee una cualidad enigmática. Mientras más sabemos, es más evidente que hay algo crucial que no termina de revelarse.

Reynolds parece fascinado con Alma, pero no lo suficiente como para destronar el lugar que su trabajo ocupa en su psiquis. La ama en la medida en que ella puede darle vida a los trajes que él diseña. Es evidente que la necesita, pero sabemos que es caprichoso en sus afectos. Antes de introducir a Alma, lo vemos despachar sumariamente a su antecesora, en el desayuno más incómodo de la historia. Alma lucha por encontrar su lugar. Modela como a él le place, sostiene poses por horas como maniquí humano e incluso le ayuda a recuperar el vestido que ha mancillado una dama de sociedad pasada de copas – “¡No merece vestir un Woodcock!”-. Al poco tiempo, empieza a reclamar su propio lugar en la relación, encausándola hacia una colisión con el ego del artista.

Poco a poco, la película se revela como un fascinante estudio sobre la sorda lucha de poder que tiene lugar dentro de todas las relaciones de pareja. La dinámica entre los hermanos sugiere profundidades novelescas. Reynolds también lleva consigo el fantasma de su madre, con quien tiene una conexión especial. Cuando la difunta se materializa durante un sueño febril, la aparición no es procesada como un shock. ¡Por supuesto que está presente!

El contexto histórico reverbera bajo la superficie. No hay alusiones explícitas a la II Guerra Mundial, pero el desarraigo de Alma bien podría delatarla como una sobreviviente o una refugiada. El lujo elaborado de la ropa es como una refutación a la miseria de la Inglaterra asediada y el horror de la guerra. Reynolds y Cyril sirven a la clase alta, pero no necesariamente pertenecen a ella. Y el tren de la modernidad lo está dejando atrás. Toma nota de la fuga de una clienta aristocrática, y denuncia amargamente la avidez por la moda francesa. El pobre no sabe que los 60, a la vuelta de la esquina, lo dejarán obsoleto. Pero nosotros sí sabemos. Anderson establece una complicidad exquisita con el espectador, mientras descubre las capas de esta fantástica construcción narrativa.

Esta es la película más sensual que he visto en años, entendiendo el término no como la representación gráfica del acto sexual, sino como la exaltación de los sentidos. La cámara observa con amor los elaborados diseños de Reynolds. La expresiva música de Jonny Greenwood hace gala de una cualidad hipnotizante. Es como un personaje más. Cuando Reynolds conoce a Alma, ordena coquetamente un desayuno opíparo. Cuando la domesticidad lo hastía, el ruido que ella hace untando mantequilla en el pan o masticando una tostada es como uñas arañando un pizarrón.

“El Hilo Fantasma” es original, pero tiene un gran deuda estilística con dos viejos maestros. El tratamiento visual recuerda la implacable disciplina de Stanley Kubrick. El sentido de humor y los matices de suspenso vienen de Hitchcock. Apenas he visto la película una vez, y demanda ser vista muchas veces más. Y sé que cada vez que la vea, me dirá cosas distintas.

“El Hilo Fantasma”
(Phantom Thread)
Dirección: Paul Thomas Anderson
Duración: 2 horas, 10 minutos
Clasificación: * * * * * (Excelente)


Leé más en el blog del autor: www.juancarlosampie.com

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