En pantalla

“Dune” devuelve el sentido de espectáculo a la pantalla grande, pero lo hace a medias
Dune

La mitología de “Dune” es densa y expansiva. Si la mezcla de mito, historia y espiritualidad le parece familiar, es porque su ADN está presente en productos que han marcado la cultura popular de nuestra generación.

En la era de la “propiedad intelectual”, “Dune” brilla como un tesoro por descubrirse. La novela de Frank Herbert, publicada en 1965, es un enciclopédico ejercicio de ciencia ficción. Su autor escribió cinco libros más, y sus herederos otros tantos. La palabra “saga” ha perdido sentido, pero aquí sí merece ser usada.

No existe una adaptación definitiva. En los 70, el chileno Alejandro Jodorowsky trabajó por años en una versión demasiado cara para ser filmada —véase el documental “Jodorowsky’s Dune” (2013)—. En los 80, David Lynch perdió el control en guerra abierta con el productor Dino de Laurentiis. En el 2000, el canal de cable SyFy produjo una miniserie que no trascendió al nivel de culto. ¿Podrá el director Denis Villeneuve (“Blade Runner 2049”) triunfar donde otros han fracasado? Pues, tenemos la mitad de la una respuesta.

En un futuro lejano, el emperador Shaddam IV gobierna el universo. La vida depende de un elemento llamado “especie”, que solo existe en las arenas del planeta desértico Arrakis. Sus nativos, los Fremen, son reprimidos mientras los delegados del emperador explotan sus recursos. La Casa de Harkonnen, gobernada por el repulsivo barón Vladimir (Stellan Skarsgärd), tiene que entregar el control de la Casa de Atreides, liderada por el magnánimo Leto (Óscar Issac). En realidad, es una trampa. El emperador, amenazado por la popularidad de Leto, urde un plan para exterminar su linaje. No cuenta con que su hijo, Paul (Thimotée Chalamet), puede ser el redentor invocado en una vieja profecía, que vendrá a liberar a la humanidad del yugo imperial.

O algo así. La mitología de “Dune” es densa y expansiva. Si la mezcla de mito, historia y espiritualidad le parece familiar, es porque su ADN está presente en productos que han marcado la cultura popular de nuestra generación. Desde “La Guerra de las Galaxias” hasta “Juego de Tronos”, todos tienen una deuda con Herbert. ¿Cómo darle un barniz de novedad a algo tan familiar? La estrategia de Villeneuve implica combinar espectáculo con seriedad de propósito. La magnitud de la producción es épica. Todo se presenta en escala superlativa. Los actores se empequeñecen en el espacio, hasta que son bendecidos por “close-up” que enfatizan su humanidad. Cuando el marketing te dice que tienes que verla en pantalla grande, por una vez, tienen razón.

Chalamet puede ser el protagonista, pero hay algo petulante y vaporoso en su actuación. Con cada tormenta del desierto, uno teme que el viento se lo lleve. Es una suerte que el reparto esté cargado de presencias sustanciales, porque si el edificio descansara solo sobre él, se desplomaría. Isaac es sólido como una figura paternal. Lo extrañamos cuando se va. Josh Brolin, Jason Momoa y Javier Bardem apenas tienen tiempo para dejar su marca. Zendaya tendrá que esperar a la secuela para ser algo más que un sueño. Si la película le pertenece a alguien, es a Rebecca Ferguson. Jessica Atreides, la madre del supuesto mesías, sufre por sus lealtades divididas entre su familia y la agenda de las Bene Gesserit —una orden de videntes a la cual pertenece, traficantes de poder imperial—.

El guion, acreditado a Villeneuve, John Spaihts y Eric Roth, hace un buen trabajo a la hora de darle contexto al espectador e introducirlo en este mundo. Pero eso acarrea un carácter expositivo. Los personajes no pueden hablar naturalmente porque en un nivel manifiesto, tienen que ubicarnos en el tiempo, el espacio y el flujo narrativo. Peor aún, el director y Warner Brothers decidieron dividir la película en dos partes. Una subtrama ofrece un arco narrativo que imparte la sensación de un desenlace al terminar el metraje, pero es eminentemente insatisfactorio. Literalmente, solo vemos media película.

Dicho esto, es un espectáculo con mucho a su favor. El diseño de la producción es fascinante, y se luce en la pantalla grande. Tome nota de los vehículos en forma de libélula. Casi podemos sentir su peso cuando se levantan en el aire o se desploman. Mucho de lo que vemos es generado por computadoras, pero hay algo inefablemente orgánico y material en el acabado. Desde los palacios brutalistas hasta las naves espaciales, todo tiene la aspereza de lo real. “Dune” pone en vergüenza la artificialidad de tanto producto taquillero del momento, que no se molestan en infundir sustancia, por así decirlo, en cuerpos y objetos.

“Duna”
(Dune)
Dirección: Denis Villeneuve
Duración: 2 horas, 35 minutos
Clasificación: * * * (Buena)