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“El conjuro 3”: La pareja que exorciza unida, permanece unida
El conjuro 3

Igual que sus antecesoras, “El conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo” funciona gracias Wilson y Farmiga. Ed y Lorraine pueden ser infalibles en sus creencias, pero como humanos son eminentemente vulnerables.

Después de extenderse en afán de montar un universo narrativo con subfranquicias y filmes derivados, los creadores de “El conjuro” vuelven a la fuente: Ed y Lorraine Warren, el matrimonio de investigadores de lo oculto que meten en miedo al diablo, interpretado con cálido entendimiento por Patrick Wilson y Vera Farmiga.

En 1981, los Warren conducen el exorcismo de David (Julian Hilliard), un niño de ocho años. En el furor de la violenta ceremonia, Ed (Patrick Wilson) sufre un infarto. Él es el único que ve cómo el cuñado del poseído le pide al demonio dejar al pequeño y meterse en él. Días después, Arne (Ruairi O’Connor) aparece caminando en una carretera rural, bañado en sangre. “Creo que le hice daño a alguien”, le dice al policía que lo encuentra.

Es raro encontrar novedades creativas en una matriz establecida. Por eso, los realizadores de “El conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo” merecen crédito por alejarse del modelo de la “casa embrujada”, y armar una historia que mezcla sus convenciones paranormales con el misterio policíaco y el drama de procedimiento legal. “El diablo” del título es como el arma de un asesino en serie. Ed y Lorraine se convierten en virtuales detectives, tratando de descubrir quién, y por qué, invocó al demonio que condujo a Arne al crimen.

¿O quizás no? En las primeras escenas entre Arne y David, hay un sospechoso furor en el actor a la hora de manifestar su deseo de proteger al niño. Parece que ‘quiere’ ser poseído —en retrospectiva, esa ida no lleva a nada, es un problema de dirección de actores—. La eventual víctima del crimen es caracterizada como un borracho insolente que estorba con su presencia el noviazgo de Arne y Debbie (Sarah Catherine Hook). En una corte de justicia, bien podría establecer motivo para el crimen, pero esto supondría que la posesión demoníaca no existe.

Olvídense del diablo. Los creadores de “El Conjuro” le temen a la duda. Cada entrega de esta franquicia está construida alrededor de los “casos” de esta pareja de investigadores del ocultismo. Las credenciales “reales” se reafirman en las secuencias de créditos, con clips de entrevistas de archivo, fotos y recortes de periódicos insertos en las secuencias de créditos. Los escépticos son pintados como necios que eventualmente reconocen como ciertas las experiencias de los Warren. En este caso, no hay misterio alrededor de la inocencia de Arne. El diablo ‘sí’ lo obligó a hacerlo. La única pregunta que la película responde es quién lo invocó, por qué queda bastante nebuloso.

A estas alturas, las reglas del “universo” de “El conjuro” están tan establecidas como las de Marvel. Los valores de producción y elementos estéticos son consistentes, con un establo de talentos recurrentes —el director, Michael Chaves, dirigió el filme aledaño “The Curse of La Llorona” (2019)—. La dinámica del suspenso también está establecida, en ocasionales secuencias de anticipación escalante, que culminan en un repunte violento de sonido o acción. La familiaridad puede ser tan monótona como reconfortante. Escoja usted su veneno.

Igual que sus antecesoras, “El conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo” funciona gracias Wilson y Farmiga. Ed y Lorraine pueden ser infalibles en sus creencias, pero como humanos son eminentemente vulnerables, y en esa vulnerabilidad reside el suspenso más genuino de la película. Sabemos que no pueden morir, pero vaya que sí pueden sufrir. Aun cuando las películas dispensan con cierta monotonía su fórmula, los actores siempre ofrecen algo que va más allá del sensacionalismo. Por eso, las películas de este “universo” que no incluyen a estos personajes son menos interesantes.

En la única escena accidentalmente divertida de la tercera entrega de “El conjuro”, un sacerdote retirado (John Noble) le enseña a Lorraine Warren (Verga Farmiga) su sótano lleno de reliquias malignas. “¡Quémelo todo!”, dice la espiritualista famosa por tener su propio museo de objetos malignos en el sótano de su casa. Quizás no quiere competencia.

En una estampa del prólogo, vemos la toma de un exorcista que llega a la casa de un niño poseído. La imagen emula una famosa toma del “El exorcista” (William Friedkin, 1973). Es encomiable que los conjuradores reconozcan a los maestros del pasado, pero el momento pone en evidencia la limitación de sus productos. Los verdaderos clásicos del horror trascienden a las circunstancias de su trama. En esas lides, “el conjuro y sus pares se quedan cortos”.

“El conjuro 3: El diablo me obligó a hacerlo”
(The Conjuring: The Devil Made Me Do It)
Dirección: Michael Chaves
Duración: 1 hora, 52 minutos
Clasificación: * * (Regular)