Cultura

El sueño de Ariadna y el hilo que Teseo empleó para marcar su camino
El sueño de Ariadna
Ariadna Abandonada por Aubry-Lecomte, museo Carnavalet, de París. Foto: Wikimedia Commons | Niú

La Ariadna dormida, que reposa en el Museo del Prado, aún ignora que su primer amor no volverá. Su sueño es profundo y tranquilo. Sus piernas están cruzadas y relajadas.

     

Un sol abrasador tuesta las calles de Madrid. Son las tres de la tarde a finales de julio. Sólo a mí se me ocurre andar afuera a estas horas (pero hace tanto que no volvía). Tras una mañana de labores y trámites busco refugio en el Museo del Prado. Oí que la pandemia despejó sus puertas ahuyentando los turistas. Así es. Sin necesidad de filas ingreso a las salas frescas y semivacías. Aún mareado por el calor deambulo entre los cuadros magníficos y las esculturas antiguas: ventanas a otros mundos, fantasmas de piedra entrometidos en este.

Tendida sobre un pedestal duerme Ariadna. Su largo cuerpo de mármol, esculpido hace dos mil años, expresa una perfecta placidez. Siento ganas de acostarme a su lado para echar una siesta y, quizás, soñar lo mismo que ella sueña.

El mito griego cuenta que Ariadna se enamoró de Teseo a primera vista. Ella le regaló el ovillo de hilo que Teseo empleó para marcar su camino y salir del laberinto, luego de matar al Minotauro. Después, ambos huyeron hasta la isla de Naxos. Allí Ariadna, agotada, se durmió sobre una playa en la orilla del mar. Teseo fue a buscar un barco para continuar la huida, pero nunca volvió.

Según algunas versiones, el héroe abandonó a su amada; según otras tradiciones, los dioses envidiosos le impidieron regresar. Como fuera, cuando por fin Ariadna despertó Teseo no estaba. En su lugar la esperaba el dios del entusiasmo y el vino, Dioniso, que la sedujo. Ariadna se convirtió en esposa de ese señor del alcohol y las fiestas que traen el olvido.

La Ariadna dormida, que reposa en el Museo del Prado, aún ignora que su primer amor no volverá. Su sueño es profundo y tranquilo. Sus piernas están cruzadas y relajadas. Los pliegues de su túnica se abren mostrando los pechos. Su rostro descansa sobre el dorso de la mano izquierda. El otro brazo rodea su cabeza. Observándola, uno casi puede sentir el montículo de arena tibia que apoya su espalda, casi puede oírse el suave oleaje que se aproxima a sus caderas. La marea sube y su adorado Teseo no vuelve. Aunque no lo veamos sabemos que el otro, el futuro esposo, vividor y fiestero, la atisba. En los brazos de ese dios exaltado ella olvidará al héroe. Ariadna desconoce todo eso, todavía.

Dan ganas de acariciar la frente de esa joven para despertarla y advertirle: “Ariadna, tu vida se desvía y cambia mientras tú duermes”. Pero el mármol nos prohíbe hacerlo. Hace dos mil años un escultor romano representó ese momento ínfimo y crucial: el instante de inconsciencia en el que todo se decide mientras parece que nada ocurre. Tendida a la orilla del mar Ariadna sueña que sigue un camino que ya ha perdido.

Entre tantas interpretaciones del mito de Ariadna no he leído esta que esbozo. Ariadna le regaló a Teseo un hilo que le permitió a él marcar su camino en el laberinto y salvar su vida. Pero, al desprenderse de ese hilo, ella sacrificó la posibilidad de señalarse una ruta en su propio laberinto, el de su existencia. Ariadna huyó en pos de un amor heroico y despertó en brazos de un amor sensual. Quería ser feliz y sólo fue alegre. Lo inesperado la llevó a lo previsible.

Algo que ya nadie se atreve a llamar destino (científicos tímidos lo denominan caos o azar) desvía nuestros senderos. Agotados por las tareas del día caemos rendidos y dormimos. Soñamos que ayer encontramos el hilo de nuestras vidas y que fijamos la forma de nuestro mañana. Pero mientras soñamos nuestros deseos nos traicionan o son traicionados. Los héroes que seguíamos nos abandonan. Cuando abrimos los ojos nos saluda el dios del presente: Dioniso burlón que nos ofrece gozar el día y olvidarnos de un porvenir que nunca será lo que esperábamos.

Salgo del Museo del Prado. El sol radiante de Madrid me picotea los ojos. Cruzo hasta la Plaza de la Platería y en la terraza de un bar pido un tinto de verano. Lo bebo con sed. Y brindo por la Ariadna del Prado que sigue soñando. Mientras ella sueñe Teseo aún podría volver.

*Este texto también fue publicado en la página del autor: Carlos Franz con el título: El sueño de Ariadna