Familias rotas

Claudia Tijerino

Publicado el 28 agosto, 2017
*”Mario” y “María” son nombres ficticios usados para proteger la identidad de los niños involucrados en este caso*

“Yo te amo. O mía o de nadie”, fue el mensaje de texto que recibió Massiel Serrano dos días antes que su expareja Luis Andy Rivera, le disparara frente a Mario, su hijo menor. La pareja tenía 22 días de haberse separado por decisión de ella, pero Luis Andy no lo aceptó y la asesinó.

Cuando sucedieron los hechos, Mario tenía apenas dos años y ocho meses, y no hablaba bien. Su tía, Deyquel Benavides, lo encontró dormido en un sillón cerca del charco de sangre que quedó donde fue asesinada su mamá.

El dictamen psicológico de Medicina Legal expuso que por el trauma que le causó presenciar el asesinato, el niño presenta un daño psicológico permanente, que en cualquier momento de su vida puede desarrollarse.

María tiene 11 años y es la hija mayor de Massiel. También ha sufrido y aunque dice no extrañar tanto a su madre, admite que quisiera que pudiera acompañarla en sus cumpleaños, y que a veces se siente sola. Ella no presenció el asesinato, pero tuvo pesadillas frecuentes después del hecho y se convirtió en una niña que actúa siempre a la defensiva. Un comportamiento previamente anunciado por la psicóloga que llevó el caso.

Actualmente, ambos menores sobreviven por la ayuda de su papá, que trabaja como chófer y de su tía que es comerciante. Sus abuelos maternos están jubilados.

Aunque no está estipulado legalmente, organizaciones de la sociedad civil y de mujeres, concuerdan en que el Estado de Nicaragua debe brindar atención integral a niñas, niños y adolescentes que quedan en la orfandad a causa de los femicidios. Según el Movimiento Católicas por el Derecho a Decidir, hasta agosto se reportaban 47 niños, seis adolescentes y 13 jóvenes mayores de 17 años, cuyas madres han sido asesinadas.

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