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Juan Segundo
En la foto: mi hermano Mitsuí, mi mama Julia Celina y mi abuelito Juan Segundo

Eran épocas de cajetillas sin advertencias, de cigarrillos siempre humeantes y de total ignorancia del peligro. En ese tiempo empezó a fumar Juan Segundo

¿Qué habrá pensado Juan Segundo la primera vez que fumó? Probablemente nada. En aquellos lejanos tiempos era común que los hombres fumaran apenas dejaban de ser niños y se encaminaban a esas edades en las que uno se siente inmortal. Eran épocas de cajetillas sin advertencias, de cigarrillos siempre humeantes y de total ignorancia del peligro. Si alguien en aquel tiempo hubiera dicho «fumar mata», se habrían oído risas a su alrededor.

Juan Segundo fue un joven trabajador y alegre que tomaba y fumaba. Se enamoró de una joven llamada María Teresa y se casó con ella. Como dice la canción: solamente una vez amó en la vida. Y fue a ella. Tuvieron tres hijos: Julia Celina, Rafael y Juan Manuel. Y a ellos también los amó como un loco. En medio de la pobreza en la que vivió y murió, se esforzó por ser un padre presente, por llevarlos a tomar sopa al mercado o a jugar al parque y a comer helado. Sobrevive la historia de la ocasión en que prestó una cámara (no está claro cómo o a quién) para llevar a los niños al malecón y tomarles fotografías. La risa de los hijos era la felicidad del padre.

De él también podemos decir que era delgado y blanco. Sus ojos solían ser café claro o verde claro, según el ángulo en que se vieran. Tenía el cabello negro, siempre reluciente de brillantina y el mostacho grueso sobre el labio. Le gustaba vestir de guayabera y leer viejas novelitas que pasaban de mano en mano entre sus amigos. Fue zapatero, pero no cualquier zapatero: era diestro para trabajar el cuero, habilidoso para hacer calzado a la medida, fino hasta en el más mínimo detalle y aún hoy, muchos años después de su partida, no falta quien atestigüe que fue todo un maestro en su oficio.

Juan Segundo sobrevivió a un vicio: el alcohol. Conoció la calle durante sus borracheras, deambuló por aquí y por allá sucio y barbudo. Diluyó el poco dinero que tenía y valiosos años de su vida en guaro barato. Pero hizo lo que hacen los grandes hombres cuando tienen grandes problemas: superarlos. Se integró los Alcohólicos Anónimos e incluso llegó a viajar fuera del país con sus compañeros. Conservó el porte, el buen ánimo, siguió trabajando. Pero no dejó de fumar.

Y de nuevo volvió a amar como un loco: ahora a sus nietos. Fue consentidor, cercano, divertido. Cada uno de los hijos de sus hijos tendrá más de una anécdota con él. Nos cantó, nos bailó, nos enseñó a silbar, a jugar cartas, nos compró pan dulce en las tardes, nos llevó al parque, al colegio. Fue un padre y abuelo inigualable que iba y venía en su inolvidable bicicleta negra que era casi una extensión de sus piernas. Pero no lo tuvimos todo el tiempo que habríamos querido ni que él mismo habría querido.

Cruzada la línea de los 70 empezó a desmejorarse y cayó el balde de agua fría: no le quedaba mucho por delante. A lo sumo dos meses, pero fueron casi diez. Diez meses de lenta agonía con el más maligno de los monstruos destrozándole la garganta. Pero también envuelto en el amor y los cuidados de su hija Julia Celina y de la familia. Y existiendo pacíficamente hasta el último minuto. Leía el periódico por las mañanas, veía su noticiero de nota roja al mediodía y a Laura en América por la tarde. Continuó jugando naipes con sus nietos y riéndose cuando una de ellas le hacía trampa viendo sus jugadas en el reflejo de sus anteojos. Sufría, pero su procesión iba por dentro. No hubo quejas, ni reproches. La fe fue su mayor fortaleza. Oró, recibió los sacramentos, se confesó y se fue de este mundo tan católico y mariano como había vivido en él.

No le tocó padecer sus dolores en ningún frío hospital. Expiró una noche de fin de marzo en casa de su hija rodeado por la familia. Se quedó dormido como un pajarito. Y dormido lo vimos en el ataúd, con su impecable guayabera blanca, bien peinado con brillantina y su perenne mostacho grueso sobre el labio. De eso hace catorce años ya. Catorce, qué número tan largo y absurdo.

Se fue temiendo la guerra de Irak y ya no supo de las otras que vendrían, no llegó a saber de Siria, ni de las armas nucleares. No supo que en su país los sandinistas volverían al poder y que de nuevo parecerían eternos. No vio a sus nietos graduarse de la escuela, ni de la universidad, ni tampoco casarse. No conoció a sus bisnietos más pequeños. No vio morir a sus seres queridos: a su bisnieto Edmilson, su hijo Juan Manuel, a su suegra María Celina. No supo que sus hermanos siguen todos vivos. Y que en su casa, la casa de su hija, se sigue comprando el periódico diariamente, que su yerno Roberto sigue viendo nota roja, pero que la señorita Laura ya no grita «¡que pase el desgraciado!» porque ya no tiene programa. Y que los nietos seguimos silbando para anunciar que llegamos a la casa. Y que una de ellas conserva como un tesoro los naipes con los que jugaban. No supo muchas cosas, pero ojalá sepa cuánto lo amamos y lo extrañamos.

Mitsuí y yo supimos hace días un poco más de tu padre que se llamaba Juan Segundo como vos. Pero Juan Segundo Núñez Herrera solo habrá uno. Y ese siempre estará con nosotros.

Con cariño para mi abuelito, de su nieta Génesis Hernández Núñez.

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