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La llama pura de Monimbó
Monimbó. Foto: Carlos Herrera. Niú

Jamás un monimboseño le cierra la mano a quien le pide ayuda. Nunca. Ni es malagradecido con quien se la da. Nunca.

Hace casi un año mi familia y yo estuvimos en la vela de doña Queta, una anciana matrona monimboseña. Esa noche, en las Lomas de Sandino, uno de los puntos neurálgicos de Monimbó, conocimos un poco más el alma de este pueblo. El humilde caserío donde vivía doña Queta hervía de gente. Al fondo, en un patio de tierra, un grupo de mujeres hacía tamales, los muchachos acarreaban agua (Monimbó carece de agua potable desde hace años, apenas algunos días de la semana la reciben por ratitos, sectorizada, a cuentagotas y muy de madrugada), los hombres iban y venían con sillas y las personas que llegaban al velorio, todas, sin excepción, llevaban pan, café, gaseosas, azúcar y sus propias manos para ayudar. La actividad era imparable. Pronto anunciaron la repartición de los tamales y “más noche” una sopa de frijoles que estaba en proceso.

Y así son también para las fiestas. El último domingo de octubre se celebra el gran Torovenado del Pueblo. Hay una cofradía, elegantemente uniformada con sus cotonas blancas y sombreros encintados, y en su mayoría conformada por monimboseños, que se encarga de organizar el carnaval, recolectar pequeños regalos, evaluar a quienes desfilan en el evento y premiar a los mejores “cuadros” al final.

Ese día, en la plaza de la Iglesia de Magdalena (otra de las zonas clave) canales de televisión, fotógrafos nacionales e internacionales, turistas y medio Masaya se acerca a ver a los disfrazados que caminan bailando con sus atuendos hechos de retazos, cartones, mecates, pintura, ropa vieja o telas baratas y coloridas, inspirados en políticos, personajes televisivos, costumbres e individuos de Monimbó y de Masaya, problemas sociales y cada asunto real o inventado que pueda ser satirizado por la infinita creatividad de los ciudadanos. De ahí la procesión parte, con sus chicheros, pólvora, algarabía y bullaranga a recorrer Monimbó y buen trecho de la ciudad de Masaya, hasta regresar a Magdalena para la premiación.

Monimbó. Foto: Carlos Herrera. Niú

Lo mismo ocurre durante San Lázaro, Semana Santa, San Jerónimo, el Niño Dios, los bailes tradicionales de octubre y noviembre de cada año, los Agüizotes e incluso para la conmemoración del Repliegue táctico a Masaya. El presidente y la vicepresidenta bien deben acordarse de cómo los recibía y arropaba Monimbó, Cuna de la Revolución, en la Plaza Pedro Joaquín Chamorro en la conmemoración del repliegue. Porque Monimbó siempre ha sido así. Siempre. En lo religioso, cultural, social, político. Lo que pasa es que hasta ahora lo está viendo Nicaragua y el mundo, sin embargo, para Masaya Monimbó siempre ha sido su corazón, aún con la discriminación y burla con la que nos hemos expresado de “los indios” y el desdén y absurda superioridad con que los hemos tratado, pues cuando hemos necesitado de su mano de obra, solidaridad, artesanías, comidas, panes, dulces, productos de cuero, muebles, ropa, lo que sea, Monimbó siempre nos lo ha dado.

Jamás un monimboseño le cierra la mano a quien le pide ayuda. Nunca. Ni es malagradecido con quien se la da. Nunca. Ni ha dejado de reír incluso en las desgracias, ni de llorar a sus muertos a grito partido. Aquí la sangre, el sudor y las lágrimas siempre han salido primeramente de Monimbó.

Ya bien lo dijo el fallecido abogado y escritor masaya Enrique Peña Hernández, quien fue Miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua, en su libro “Folklore de Nicaragua”: “El carácter del indio de Monimbó no es taciturno como el de otros lugares de Nicaragua; más bien es un tanto locuaz, y en sus palabras se adivina un dejo de malicia e ironía. Es vivo, con vivacidad manifiesta; es inteligente y perspicaz; es valiente e imperturbable. Nuestro aborigen es un ser estoico: las penalidades y los sufrimientos los lleva como si con ellos hubiese venido al mundo”. Y así es. Es su propia esencia y carácter. Los monimboseños tienen un profundo lazo con su tierra y con su gente. Un lazo que pasa de generación en generación y que en el país muchas veces se ha ignorado o caricaturizado hasta ahora cuando esa tierra de “indios” vuelve a ser admirada como lo que es: un símbolo de resistencia, humanidad, valor y dignidad. Nicaragua ya debe reconocer la “llama monimboseña”, llama pura del pueblo, según Carlos Mejía Godoy.

En estos momentos, en que el discurso e imagen del “Comandante Caperucita Roja” se ha viralizado por semanas y se han hecho hasta camisetas, en que las delegaciones monimboseñas son aclamadas en las marchas y peregrinaciones a Managua y en que se organizan caravanas de apoyo interminables como la vivida ayer, no debemos dejar a Monimbó en la anécdota, el meme, la canción o la foto.

Monimbó nos ha necesitado siempre, nos necesita ahora y nos va a necesitar mucho más después cuando todos esos combatientes anónimos hoy aplaudidos y respetados, vuelvan a sus labores de vigilante, vende pan, artesano, cochero, zapatero, jardinero o cargador de canastos en el mercado, de igual manera cada mujer monimboseña, cada una de sus madres, esposas, sobrinas, primas o vecinas que les han dado pan y café o les han curado las heridas o les han dado un balde de agua para que puedan bañarse. Ellas después volverán a ser empleadas domésticas, operarias de zona franca, vende cajetas, costureras, vivanderas del mercado, artesanas o amas de casa y seguirán viviendo y pasando penurias en su querido y heroico Monimbó, entonces ahí la misión será nuestra, porque si hoy al sonar de las balas y morteros se ha desbordado Monimbó, mañana habrá que volver, en paz, en democracia, a ese mismo Monimbó y no olvidarlo nunca más porque, como se canta en el Corrido a Masaya, es una “tierra bendita, donde el indio invita a vivir y amar”.