Cultura

La Reina Sofía premia a “Su Majestad” Claribel Alegría
La Reina Sofía entrega el premio a Claribel Alegría. Foto tomada de Casa Real España.

El discurso de Claribel fue un mensaje inspirador a las jóvenes creadoras nicaragüenses, jóvenes del mundo escritoras, poetas, jóvenes mujeres con ganas de expresarse.

     

Quizá estuvo aquí La Gitana, moviendo sus faldas adornadas con cuentas de cristal y agitando su larga cabellera, danzando alrededor de la Reina Sofía en el momento justo en que se agacha y entrega a Claribel Alegría el XXVI Premio de Poesía Iberoamericana. Quizá bailó creando un círculo, las dos mujeres en el centro del Salón de las Columnas de Palacio Real, en Madrid, anoche con 300 invitados.

Si estuvo, solo Claribel la miró.

Es La Gitana una mujer que la laureada poeta es capaz de ver, y que miró por vez primera a los nueve años y la hizo nacer para la realidad en un pequeño cuaderno escolar en el que, con caligrafía infantil escribió: “La gitana me vino a ver anoche”.

¿Pero quién es ella, tu musa, alterego, qué es?, le preguntan los mortales a la poeta, definitivamente extraviados al escuchar la historia que les obliga a salir de la vida mundana y entrar al territorio de la poesía, esa inmensidad en la que todo es posible.

No quiere nombrar la poeta a su Gitana con palabras mortales, siendo como ha sido ella misma la primera sorprendida por la presencia de esta entrañable mujer cuya función es acompañarla en su vida poética, que es la vida de Claribel. Ha estado con ella siempre, se hablan, confiesa con naturalidad, mientras se acomoda en su silla de ruedas en el interior de la habitación del Hotel Preciados en el centro de la capital española, donde ocurre esta entrevista.

Cuenta esta historia en las horas previas a la entrega del galardón, uno de los más importantes del mundo, dotado con 42,100 euros, convocado por Patrimonio Nacional y la centenaria Universidad de Salamanca y que “reconoce el conjunto de la obra de un autor vivo que, por su valor literario, constituye una aportación relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España”. Ella misma.

Habla Claribel cuando lleva todo el día siendo entrevistada por periodistas y está agotada. Tiene 93 años. Dice que le han preguntado sobre todos los temas, pero ella quiere contar esta historia. “La gitana es como una voz interior. Siempre he sabido que está allí, siempre me ha hablado, pero fue hasta hace poco menos de un año que le vi el rostro: alargado, con camanances, grandes ojos pícaros…

—Hola —le dije, sorprendida de verla por primera vez. No habló. Solo me miró con sus ojos, como con burla. Salió y cerró la puerta”.

La autora de Umbrales, Saudade, Soltando Amarras, Voces, Otredad tiene una obra poética extensa y celebradísima a nivel internacional. Nació en la norteña ciudad de Estelí, Nicaragua en 1924. Su padre, nicaragüense, su madre, salvadoreña. De familia acomodada, quiso estudiar Medicina. “Pero el machismo imperante en esa época consideró que una mujer no debía adentrarse en esa profesión ocupada por hombres. Así que amenacé a mis padres, que de no dejarme estudiar en la universidad me casaría con el primero que pasara frente a la casa, luego me divorciaría y así sería libre. Mis padres consideraron que era peor tener una divorciada que tener una universitaria. Y así fue como me enviaron a estudiar a los Estados Unidos. Y allí nací como poeta después de leer a Rainer Maria Rilke, y conocer a Juan Ramón (Jiménez, Premio Nobel de Literatura de 1956)”. Jiménez se convirtió en su tutor y mentor. A la Reina Sofía, Rilke, Jiménez y Zenobia Camprubí, Claribel les dedicó el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, la tarde de este 14 de noviembre.

Claribel Alegría durante la rueda de prensa de su antología «Aunque dure un Instante». EFE / Kiko Huesca

Estamos ante una gran mujer, dedicada a la vida creativa, al cultivo mimoso de la palabra precisa que utiliza para expresarse. Claribel pertenece a ese tipo de poeta que no planifica el poema sino que lo recibe cuando viene, y cuando viene lo escribe. “Ahora escribo poco. Y cuando escribo rompo más de la mitad”, dice.

Seguimos en la habitación de su hotel, para cenar pide una paella, y su deseo es cumplido por Elsy Duarte, la joven rivense, solícita y eficiente enfermera que la cuida y que ha revelado notables dotes para la fotografía. Elsy tiene en su poder un espectacular archivo fotográfico de la vida de Claribel y de lo acontecido en los pormenores de este Premio, desde el momento en que recibió la noticia durante la madrugada del 18 de mayo en Managua, pasando por el viaje transoceánico en primera clase y los homenajes de bienvenida a Madrid, hasta llegar a la entrada a Palacio Real y la audiencia privada con la Reina Sofía, con la que Elsy tiene un retrato personal.

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A Madrid le han acompañado, además, sus hijos Erik con su hija Rita venida de Londres, Maya y Karen con su hijo — y su esposa– y sus hijos, venidos de París, también Nicole Masmonville. Así asistimos a escenas entrañables con sus biznietos, niños que se lanzan a la LaLa –así la llaman- en silla de ruedas, con algún dibujo recién hecho o con un poema, y ella les acoge haciendo los gestos maravillados y cómplices que suelen hacer las abuelas.

Mientras tanto, Madrid se engalana con la luz de otoño, los tonos ocres deleitan la mirada, el frío alcanza los 14 grados –soleado, soportable, rico- y en Palacio Real se aprestan al gran día, con esa precisión protocolaria tan afamada.

EFE / Kiko Huesca

El gran día es este día, martes 14 de noviembre, a Claribel la trasladan del hotel hacia Palacio Real en un coche oficial que atraviesa la Puerta de la Armería, y llega lo más próximo posible para que la premiada no encuentre incomodidades debido a su acceso en silla de ruedas.

A las y los invitados se les ha solicitado asistir con traje oscuro para ellos y traje corto para ellas. Acuden familiares, catedráticos y profesores de la plana mayor de la Universidad de Salamanca, así como funcionarios de Patrimonio Nacional. También, poetas españoles y el cuerpo diplomático relacionado con la premiada, aunque no el embajador de Nicaragua.

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Se retrasa unos minutos la ceremonia, convocada para las siete de la tarde, debido a que Sofía y Claribel se reúnen en privado para conversar. Y al finalizar, entra al Salón de Columnas la premiada, vistiendo un traje largo negro con hilos dorados, labios pintados de rojo; la Reina Sofía, vestido corto con chaqueta negra. Aplausos, la gente se pone de pie.

La Reina declara abierta la sesión para la entrega del galardón, y habla el director de Patrimonio Nacional, y el Rector de la Universidad de Salamanca, la casa de estudios que cumple su octavo centenario de fundación. Se leyó el acta del jurado. Y acto seguido la Reina se levanta, y por primera vez en la entrega de los premios, sale de la mesa hacia el centro para entregar a Claribel Alegría el diploma de premiada. El aplauso es largo y los flashes de las cámaras atacan con toda la artillería.

Claribel Alegría durante el acto de premiación. EFE / Kiko Huesca

Cuando tocó leer su discurso, la poeta, emocionada, narró sus comienzos como poeta desde adolescente, el oficio aprendido con los grandes de la literatura, sus amores, su esposo Bud Flakoll, sus viajes, los encuentros a la dramática realidad centroamericana, la llegada a Nicaragua y su estancia definitiva en ese país. Su discurso fue un evidente mensaje inspirador a las jóvenes creadoras nicaragüenses, salvadoreñas, españoles, jóvenes del mundo escritoras, poetas, jóvenes mujeres con ganas de expresarse.

Las anima Claribel a las jóvenes a seguir los consejos de Virginia Woolf, que recomendó asegurarse 500 libras al mes y construir un cuarto propio, para –dijo la poeta- tener tu espacio donde crear, leer en voz alta, cerrar con el pestillo y que nadie te interrumpa.

Lee nuestra poeta desde su silla de ruedas, rodeada de columnas, la alfombra de diseño barroco, cortinajes de seda, del techo cuelgan arañas con miles de luces, sus palabras resuenan en este escenario regio, y sí, Claribel Alegría sonríe y ríe, gozosa.

Quizá fue porque miró a la Gitana asistir a su premiación que la coloca en lo más alto del Olimpo de las y los poetas. Quizá fue porque la miró bailar a su alrededor.

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