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“Las estafadoras” expanden el universo de “Ocean’s 11”
Ocean's 8 | Tomada de internet

A la luz del movimiento #MeToo y la reivindicación de la mujer en la industria del entretenimiento, aparece Ocean's 8

     

Ocean’s 8” es una inesperada secuela de las comedias de Steven Soderbergh. En el 2011, sorprendió al mundo entero refilmando un viejo vehículo de Frank Sinatra y su rat pack, con George Clooney encabezando un reparto conformado por las estrellas masculinas más populares del momento. Una comedia ligera era una movida inesperada para un director eminentemente intelectual. El resultado fue un hermoso ejercicio de cine de género, bellamente filmado, invocando a la perfección los clásicos del “caper film”, subgénero de comedia criminal que sigue a una pandilla de bribones mientras arman un gran golpe. El éxito de taquilla le valió dos secuelas, “Ocean´s 12” (2004) y “Ocean´s 13” (2007). Las mujeres aparecían como accesorio romántico en dos modalidades: cómplice renuente (Julia Roberts) o antagonista pasiva (Catherine Zeta Jones).

“Ocean’s 8” surge abonada por la necesidad de construir nuevas franquicias en un negocio cada vez más adverso a los riesgos. Si algo nos ha enseñado Marvel, es que un universo cinemático es más rentable que una trilogía. Warner Brothers también capitaliza el momento cultural, a la luz del movimiento #MeToo y la reivindicación de la mujer en la industria del entretenimiento. Es un terreno fraguado de peligros, a como lo demostró la recepción a “Ghostbusters” (Paul Feig, 2016), reconstruido con mujeres en los papeles protagónicos; o la hostilidad en redes sociales para las actrices de “La Guerra de las Galaxias: El Ultimo Jedi” (Rian Johnson, 2017). Que “Ocean´s 8” apunte a un público más adulto modera la amenaza del machismo incipiente.

Debbie Ocean (Sandra Bullock) es hermana del difunto Danny Ocean – la muerte del personaje interpretado por George Clooney ha ocurrido recientemente, fuera de cámara. La vemos por primera vez en la cárcel, pasando la entrevista que le concede libertad condicional. Pero Debbie no va a convertirse en una ciudadana ejemplar.

Ha pasado años planeando un gran golpe: robar un fabuloso collar de Cartier durante la gala del Instituto de la Moda del Museo Metropolitano de Nueva York. Pronto, recluta a su vieja amiga Lou (Cate Blanchett), y arma una pandilla para la ocasión: Tammy (Sarah Paulson), traficante de artículos robados atrapada incómodamente en la domesticidad suburbana; Amita (Mindy Kaling), una joyera ansiosa por liberarse del yugo de su familia; Nine Ball (Rihanna), una hacker excéntrica; Constance (Awkwafina), una carterista milenial. Rose Weill (Helena Bonham Carter), diseñadora de alta costura caída en desgracia, les servirá de carnada para llegar a Daphne Klueger (Anne Hathaway), una vanidosa celebridad que debe llevar el collar en la gala para que pueda ser robado.

Además del casting, la película enuncia su feminismo de maneras ingeniosas. Un montaje de obras en exhibición en el museo presenta exclusivamente imágenes femeninas, encerradas para la posteridad en la mirada masculina. La secuencia culmina con un Banksy falso, una versión de “Washington cruzando el Delaware”, de Gottlieb, con todos los navegantes convertidos en mujeres, y una “Marsellesa” a bordo. Es parte del plan de Debbie, para descifrar los parámetros de seguridad del local.

Lou (Cate Blanchett), Nine Ball (Rihanna) | Tomada de internet

Lamentablemente, el director Gary Ross, trabajando sobre un guion coescrito con Olivia Milch, no puede infundir una chispa vital en la logística del golpe. La trama es ingeniosa, pero su ejecución avanza a paso glacial. Quizás el problema está en que las actrices no tienen material para crear personajes persuasivos. Tome nota de Cate Blanchett, sin duda alguna una de las mejores actrices de nuestro tiempo. En una película mejor, el lesbianismo implícito del personaje sería asumido, y el personaje tendría una subtrama romántica. Aquí, es solo una sombra de persona, la actriz reducida a maniquí para lucir ropa fabulosa y proyectar cierta actitud insolente.

En este contexto, cada actriz queda reducida a ser un símbolo racial o generacional, excepto Anne Hathaway. Curiosamente, el personaje conceptualmente más caricaturesco es el que tiene más chispa vital. Su actuación es tan deliciosa, que justifica la existencia la película.