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Los jóvenes ya no seremos los mismos

Si algo deberíamos tener claro, es que los jóvenes nicaragüenses no volveremos a ser los mismos. No volveremos a ver los lugares donde ocurrió la masacre como antes. No pensaremos igual, no actuaremos “como siempre”.

     

Estoy esperando el autobús frente a una escena del crimen. El día está ventoso y parece que en Managua lloverá pronto. El agua de verano hará un esfuerzo torpe de limpiar la sangre que hay al otro lado de la carretera. Sangre derramada por jóvenes nicaragüenses que se llenaron de valor y salieron a pedir justicia, salieron a pedir una Nicaragua mejor.

Frente a mí, está el lugar donde le dispararon a Álvaro Conrado, mientras pasaba agua a manifestantes el viernes 20 de abril. Álvaro tenía 15 años y sueños por cumplir. Su sangre y sus lágrimas siguen allí, mezcladas con la tierra y hojas secas del predio que conecta la Catedral de Managua con la Universidad de Ingeniería (UNI). Una escena del crimen que nunca deberíamos de olvidar.

Hoy los asesinos de Álvaro caminan libres y piden diálogo. Se aferran al poder y pretenden llegar “a las últimas consecuencias” para quedarse en el trono. Álvarito solo quería mejorar el país donde nació y ser abogado cuando creciera. “Es Nicaragua, no cualquier basura”, le expresaba a sus amigos. Como él hay más jóvenes que balas asesinas les privaron de cumplir sus metas. Todas las promesas, las ilusiones.

Es inevitable escuchar la plática de las personas a mi alrededor. En todas las conversaciones se habla de los más de 40 estudiantes asesinados y de lo “sinvergüenza” que es el Estado que nos gobierna.

La gente apenada mira la calle, sabiendo que hace una semana a los estudiantes que luchaban cerca, los rociaban con gases lacrimógenos y en el peor de los casos, los asesinaban o apresaban (y torturaban). Hay vergüenza por no haber hecho nada.

Carlos Herrera | Niú

Una anciana no para de contar lo que pasó. Trata de informar a las personas y compara esto con lo que ella vivió con Somoza. “Este es peor, este ya sabe cómo es la dictadura”, lamenta mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Mira hacia el predio vacío que emana desesperanza y finaliza “solo eran unos niños ¿cómo se atreve?”. Hay silencio.

También hay silencio en nuestros corazones.

Si algo deberíamos tener claro, es que los jóvenes no volveremos a ser los mismos. No volveremos a ver a los lugares donde ocurrió la masacre como antes. No pensaremos igual, no actuaremos “como siempre”.

Los estudiantes regresaremos a nuestros salones de clases con un hoyo en nuestros corazones. Perdimos vecinos, compañeros de clases, novios, amigos, padres. Habrá asientos vacíos y tumbas llenas. Vivimos décadas en unas pocas semanas y no hemos ni cumplido 23 años.

Pero el viento de hoy también trae esperanza. Hace un mes, cuando nuestra mayor preocupación era pasar un examen final, no pensábamos en la movilización que la sed de justicia y el amor a la patria pueden despertar.

Hoy Managua está llena de frases como “¡qué vivan los estudiantes!”, “la revolución será feminista o no será”, “asesinos corruptos” y “¡qué se rinda Daniel!”.

Carlos Herrera | Niú

Hoy la juventud no solo lucha por ellos mismos, sino por los que no pueden hacerlo: por los ancianos, los muertos, los excluidos, los que viven en zonas remotas, los presos políticos, los que están condicionados. En cada protesta dicen que “la lucha es de todos” y lo hacen sentir.

En esta parada de bus donde estoy, que fue testigo del primer árbol de la vida caído, bromean diciendo que cada vez que cae uno, se debilita alguien que conocemos, pero yo no lo pienso así.

Con cada lata que se cae, el pueblo se hace más fuerte, aumenta su rugido. Dicen que el pueblo unido jamás será vencido y creo que en este abril, hemos sido testigos de que es así.