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Dos libros con los que he reído y también llorado: El de Margarita Vannini y el de Mario Urtecho
Dos libros que me han hecho reír
Portada de los libros: Política y Memoria en Nicaragua, de Margarita Vanini y 200 años en veremos de Mario Urtecho. Foto: Cortesía | Niú

Si el libro de Margarita Vannini, me dejó con ganas de reír en lugar de llorar, el de Mario Urtecho me sacó carcajadas y la imperiosa necesidad de contratar para mi redivivo duelo por Nicaragua, a más de una plañidera.

No pasan de 200 páginas cada uno, pero son libronones, con enfoques y estilos diferentes, muy distintos en sus formas y perspectivas, pero ambos nos muestran nuevas maneras de contar y analizar la historia y la memoria. Exponen la historia como quien abre una res en canal caliente, y nos asomamos a sus vísceras para conocer, desde nuevas miradas, su devenir tragicómico. No desperdician nada, son narrativas concentradas y están uno y otro muy bien prologados: el de Vannini con la mirada severa e inclemente de Ileana Rodríguez, y el de Urtecho con la precisión y el ramaje fresco de Sergio Ramírez Mercado. Y, lo mejor, aunque quizá viene a ser lo peor, es que parecen ficción, pero son pura realidad.

Cuando a mediados de febrero de este año leí el de Vannini Política y memoria en Nicaragua– Resignificaciones y borraduras en el espacio público, le escribí para felicitarla por su magnífico obra y de paso le dije lo siguiente: “No sé si reír o llorar, aunque, la verdad he terminado riéndome ya que a nuestro pasado lo he lamentado y lloriqueado demasiado…”. En serio pensé que si no fuera por las capas de sangre fresca, seca y reseca que yacen bajo sus capas geológicas, a este país ya no habría que tomarlo tan en serio. Sin embargo, al recordar varios de los hechos que Vannini disecciona con rigor desapasionado (que me recuerda el sutil humor inglés), vuelvo a reír. ¿Cómo no hacerlo, por ejemplo, cuando analiza con seriedad de historiógrafa la tantas veces rebautizada Plaza de la República o Plaza de la qué…? (ya ni sé cómo se llama ahora); o las peripecias para traer desde Italia la estatua ecuestre del primer Somoza, cuyo caballo debía resaltar sus enormes testículos, símbolo del poder machista del dictador. Esto, entre otras historias sobre la memoria o desmemoria colectiva que analiza en apenas tres espacios públicos, manoseados al derecho y al revés por los gobernantes de los últimos 60 años: 1) Managua después del terremoto; 2) la plazoleta donde estuvo la estatua de Somoza García; 3) la Plaza de la República.

Como una cirujana experta, Vannini analiza a corazón abierto la memoria y gran parte de la historia de Nicaragua (categorías diferentes pero vinculadas, porque ambas se refieren al pasado con todo y sus ruinas). Y ofrece importantes herramientas teóricas sobre el concepto de memoria en los espacios públicos, para concluir –con sobrados fundamentos– que en Nicaragua persiste la ausencia de políticas de memoria (un sueño sería contar aquí con una Ley de Memoria Histórica) y, peor, el afán por la desmemoria, fomentada por los regímenes autoritarios que pintan-borran-pintan-borran y vuelven a pintar, o quitan-ponen-quitan-ponen y vuelven a poner. Esta adicción que nace de nuestra desgraciada cultura política, es una jugarreta que si bien provoca asombro, también llama a la risa.

Imaginemos que a la Plaza de Mayo de Buenos Aires, creada en 1884, le cambiaran varias veces el nombre; o que a la estatua de la Libertad, emblemática de Nueva York y erigida en 1886, la pintaran según el gusto de cada presidente de EE.UU; o que en México algún gobernante descabezara el Ángel de la Independencia que edificó el porfiriato. Ardería Troya, sin duda.

El libro de Vannini, si bien se centra en la memoria, es también un libro de historia con una mirada nueva. A partir de los espacios públicos de mayor significado por ser referencias de la memoria histórica, ella reevalúa con potentes binoculares los hechos para ver los resquicios de lo que en general ya sabemos o nos han contado, pero que no “veíamos” ni siquiera en libros de historia y memoria que son igualmente serios.

En mi mensaje de febrero, también le expresé a Margarita que le explicaría las razones de mi opción por reír en vez de llorar, pero no lo hice. Resulta que esas razones, y muchas otras, las encuentro ahora en el recién publicado libro de Mario Urtecho 200 años en veremos, que tuve el placer de leer en Semana Santa. Urtecho – como cápsulas explosivas – magistralmente registra en su libro más de doscientas justificaciones que me hacen seguir eligiendo la risa –aun contra mi voluntad –cada vez que me asomo a la dramática y bufa historia de nuestro país que cuenta, y que –vuelvo a repetirlo – si no fuese por tanto reguero de sangre que también registra, no sería necesario acudir a las películas de Mr. Bean para morirme de risa.

Ambos libros, cada cual a su modo, ayudan a ver y comprender las grietas, los detalles, los hoyoncones, los hoyitos, los tachones y también las corrientes de sangre que ha dejado la tragedia que, siendo tanta, se torna grotesca y nada heroica.

A diferencia de Vannini que narra y analiza, deconstruye y reconstruye, Urtecho, aun cuando él niega su experiencia de historiador, suelta cápsulas explosivas de la historia con la misma bandidencia con que un adolescente pícaro pero acucioso hace estallar cachinflines a los pies de un grupo de ingenuos y distraídos nerdos. Con el humor típico del nicaragüense que se mofa de lo que está recubierto de falsa solemnidad, destapa las poses con que se ha pintado la historia y nos muestra los ridículos momentos de los cinco minutos antes y después de la fotografía con que nos pintan la historia nacional. Lo hace cronológicamente, también con mucho rigor y de cabo a rabo.

Vannini, a diferencia de Urtecho, analiza lo que eventualmente ya “sabemos” pero que no vemos por mirar demasiado el primer plano, tanto que ya no lo percibimos. Para ello quita capa tras capa, elimina los panfletos y vuelve armar la pintura con minuciosos pinceles. Así aparecen nuevas líneas y figuras que estaban escondidas de nuestra vista. Vannini nos hace que miremos de nuevo las fotografías en movimiento para que podamos comprender lo que se nos escapa entre tantas versiones dispersas.

Urtecho, coincidiendo en muchos temas con Vannini, solo vuelve a contar sin clemencia lo que sabíamos, pero sobre todo lo que no sabíamos. Urtecho, registra, informa, describe con ese tono malicioso y ocurrente que es propio de su personalidad y que se advierte en su literatura: cáustico, mordaz y explícitamente burlesco. Como un arqueólogo apasionado, abre las tumbas de la historia, escarba y rasca a mano limpia hasta llegar a las astillas de las costillas de todo el pasado, las examina y saca a luz asombrosos hallazgos, incluso los que atañen a nuestros días. Taladra, desmenuza y destaza los hechos más relevantes y singulares de las versiones oficiales (hegemónicas) de la historia y descuartiza con crudeza las trágicas, bochornosas e inauditas intimidades que no conocíamos de “nuestra solemne historia patria” para terminar diciéndonos con la fina ironía del buen nica, que nos quedan dos opciones: doblar el rey o seguir empujando la piedra de Sísifo.

“Es mejor reír que llorar” decía mi abuela, cuando sucedía una cadena de desafortunados eventos. En mi caso, opto por la risa igual que ella, aunque la mía esté a un palmo de mi llanto.