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Masacrados, pero nunca derrotados
Masaya retratada por Bienvenido Velasco. EFE.

Un masaya está hecho de carne mortal, sí, pero también de alma, nervio y corazón

     

En Masaya aprendemos a no tener miedo a la pólvora porque todo lo celebramos con cohetes y bombas, por eso ahora cuando oímos un mortero sabemos que ese es nuestro pueblo defendiéndose.

En Masaya sabemos organizarnos y entregarnos por un objetivo porque cada año organizamos multitudinarias procesiones, bailes, carnavales, fiestas y comilonas y cada quien pone lo que debe y lo que tiene para que todo salga bien. Cómo no vamos a hacerlo ahora si es para salvaguardar nuestra ciudad, nuestras familias y nuestras vidas.

En Masaya durante toda la noche del último viernes de octubre desfilan los Agüizotes y cada vez que asustan a un niño se le dice “solo es una persona disfrazada”, por eso sabemos que los antimotines son iguales que nosotros, pero aprovechan su uniforme, sus armas y la noche para aterrorizarnos.

Un grupo de manifestantes son vistos detrás de una barricada durante una manifestación en la ciudad de Masaya. Bienvenido Velasco. EFE.

En Masaya se dice que nuestro patrón San Jerónimo bajó de su montaña en 1979 a ayudar a los muchachos combatientes. Así que seguramente ahora anda recorriendo las calles que tan bien conoce y ya hasta dio la piedra que cargaba en su mano para ponerla de refuerzo en una barricada.

En Masaya crecemos bailando, y los domingos de noviembre en el recorrido de Los Diablitos, bailamos incluso con la muerte, por eso cuando morimos muchos se van en su último viaje con los chicheros tocando sus sones.

En Masaya sabemos lo que es no dormir oyendo a lo lejos las marimbas o los chicheros que acompañan nuestros bailes, por eso ahora logramos levantarnos cada mañana a pesar del desvelo causado por los despiadados ataques nocturnos.

Un manifestante herido es atendido por médicos durante una manifestación en la ciudad de Masaya. Bienvenido Velasco. EFE.

En Masaya somos tantos que no sé cómo cabemos en un territorio tan pequeño donde en una sola casa hay varias familias y algunos patios se convierten en verdaderas vecindades. Por eso aunque maten a diez en un fin de semana, los que saldrán cada día a defendernos se habrán multiplicado y de cada casa y de cada patio siempre partirá alguien a luchar hasta que los criminales entiendan que para vencernos habría que matarnos a todos, hasta que se den cuenta que un masaya está hecho de carne mortal, sí, pero también de alma, nervio y corazón y contra eso no pueden, hasta que sean ellos los que se retiren al ver que pueden masacrarnos, pero nunca derrotarnos.

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