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Masculinidad flexible: ¿Están cambiando los modelos de paternidad?
Masculinidad flexible
Foto: Agencias | Niú

La igualdad entre hombres y mujeres en España no está al mismo nivel en la esfera pública que en la privada. Sin embargo, el modelo paternal tradicional procedente del patriarcado parece que está cambiando. La práctica cada vez más frecuente del cuidado hace que esté entrando en un modelo de masculinidad más flexible.

     

El índice de igualdad español se encuentra por encima de la media europea, concretamente en una puntuación de 72 frente al 67,9, según el informe del Instituto Europeo para la Igualdad de Género (EIGE) de 2020. Se trata de un buen dato, aunque todavía nos encontramos lejos de la situación de países como Dinamarca o Suecia.

El análisis de los datos referentes a la situación de la mujer en el ámbito público revela que, a pesar de que los resultados no son los esperados tras años de reivindicaciones y estrategias por la visibilización y el empoderamiento, tampoco debe interpretarse desde el pesimismo, ya que la posición de la mujer en las sociedades occidentales ha avanzado considerablemente.

Actualmente, las mujeres se encuentran presentes en áreas profesionales de todos los campos científicos, ocupan puestos de liderazgo político y empresarial, algo impensable hace apenas tres generaciones. Y aunque se debe continuar batallando por una igualdad real en la esfera pública, no hay que olvidar la otra cara de la moneda: la esfera privada.

En el ámbito privado las cifras apenas reflejan ningún cambio. En la intimidad del hogar continúan siendo las mujeres quienes se encargan mayoritariamente de las labores domésticas y del cuidado de los demás miembros familiares.

La causa de esta situación es el mantenimiento de la estructura patriarcal tradicional donde la mujer asume el rol de “madre primera cuidadora” y el varón el de “padre proveedor”.

Este modelo de parentalidad está basado en la construcción biocéntrica de la maternidad desde una androgenia científica que utiliza como justificación los cambios biológicos femeninos que se producen con la gestación, el alumbramiento y el postparto.

La mujer siempre adquiere el rol de cuidadora

Mientras la mujer se mantiene en su rol de madre, compatibilizándolo con su profesión, lo que en muchos casos obliga a vivenciar la maternidad de forma intensiva, el varón se encuentra en una etapa de transformación.

Hoy en día, ya no es el único proveedor familiar y se le pide una mayor participación en el cuidado de los menores. La demanda de corresponsabilidad en el ámbito privado conlleva irremediablemente un cambio en el modelo de paternidad. El padre se acerca tímidamente al mundo de los cuidados, siempre resguardado detrás de la figura materna como primera responsable de los cuidados.

El varón debe involucrarse más en la crianza

Es en este punto donde sería interesante hacer incidir las políticas de igualdad, diseñando estrategias que fomenten en el varón el interés y deseo de involucrarse de lleno en el cuidado y crianza de su descendencia, pero no como figura “que ayuda a la mujer”, sino como coprotagonista del proceso parental.

Desde una perspectiva evolucionista, los bebes se comportan como un estímulo para que el cerebro adulto responda en forma de cuidado de tal forma que asegure su supervivencia. Ante el llanto de un bebé, se tarda entre 100 y 200 milisegundos en que se activen zonas cerebrales relacionadas con la emoción y la cognición, generando una respuesta de cuidado. Pero entonces ¿por qué los varones padres no lo hacen?

Rechazo de las tareas asociadas a lo femenino

Socioculturalmente no se asocia al varón al cuidado. Desde la identidad masculina se obliga al rechazo de aquellas tareas asociadas a lo femenino.
Aun hoy en día, desde el nacimiento se lleva a cabo la clasificación social de las personas acorde con sus órganos sexuales externos. Esto condiciona no solo cómo seremos vistos por los otros, sino cómo nos percibimos a nosotros mismos, es decir, con nuestra identidad de género.

Para facilitar las interacciones personales el cerebro humano debe procesar muchos datos de forma rápida utilizando los estereotipos. Un estereotipo es un conjunto de características preestablecidas asignado a priori a una persona por pertenecer a un determinado grupo, en este caso mujer o varón, femenino o masculino.

De la misma manera que el perfil estereotipado de la mujer está cambiando gracias a su inclusión en el ámbito público por el desarrollo de roles profesionales, el varón al entrar en el ámbito privado va transformando su estereotipo masculino, incorporando en el perfil características consideradas como “femeninas”, pero sin perjuicio de su identidad masculina.

Con la práctica del cuidado se genera un modelo flexible de masculinidad, acorde con las nuevas masculinidades, dando respuesta a la crisis de identidad masculina contemporánea que tanto daño causa a las mujeres con su violencia machista.

Un hombre con mandil fregando el suelo de una casa.

Un entorno doméstico igualitario

Los procesos de socialización de los menores en situación de igualdad parental se producirían en un entorno doméstico igualitario con consecuencias indiscutibles en la práctica futura de su parentalidad.

El modelo paternal tradicional procedente del patriarcado está cambiando. La corresponsabilidad del varón en el cuidado y crianza de su descendencia es necesaria e imprescindible ante la situación de la mujer contemporánea, ofreciendo al varón un modelo de paternidad más satisfactorio que permite una expresión plural y flexible de la identidad masculina.

Cuidar es una capacidad humana asociada a valores que fomentan las relaciones interpersonales como son respeto, confianza, seguridad y altruismo, entre otros. La práctica del cuidado, sea cual sea el sexo o el género de quien lo practica, favorece las relaciones personales. El pensamiento en el otro aumenta la tolerancia y la comprensión, disminuyendo el nivel de conflicto y de violencia.The Conversation

* Este artículo fue republicado de The Conversation bajo licencia Creative Commons . Lea el  artículo original. María Cándida Alamillos Guardiola, Profesora de Enfermería y Fisioterapia, Universitat de les Illes Balears