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Memorias de un país en guerra
Foto de María Xavier Gutiérrez.

"Un repaso a los recuerdos de mi adolescencia, en un país en el que abundaban los asesinatos y las separaciones por el exilio"

Hablo
para taparle
la boca
al silencio
(Humberto AK-Abal)

Soy María Xavier y tengo diez años, es 1981. Vivo en Colonial Los Robles en Managua, tengo muchos amigos en mi calle, nos gusta jugar y siempre usamos las patinetas, las bicicletas, nos sudamos mucho saltando y corriendo.  Aquí hay una señora que nos invita a actos en la esquina de mi casa -no se por qué-, en esa foto salgo con la bandera de mi país, yo soy la más flaquita, cantamos himnos revolucionarios y alguien habla pero no le pongo atención, seguro estoy pensado en Juan Carlos que también está en la foto y me gusta. Esa señora que hace los actos vive frente a mi casa y su hija no tiene brazos, mi mamá me cuenta que se los arrancó una bomba. Es que hace dos años en mi país había guerra y se que mucha gente murió, yo no vi a los muertos pero si oíamos a los aviones y las bombas.

A mi papá le gustaban las peceras y teníamos una bien grande, había peces de agua dulce y de mar. Una mañana, cuando me desperté mi cuarto estaba repleto de agua, de arena y de pescaditos muertos. Es que la pecera se reventó, dice mi papá que fue por culpa de las bombas. Pero nosotros siempre jugábamos, perseguíamos una guardatinaja que se escondía en los desagües y quien la cazara se la podía comer, nunca supe si se la comieron; también nos metíamos bajo los colchones encaramados en las sillas del comedor donde supuestamente nos íbamos a proteger cuando cayeran las bombas.

Visitaba la casa de mi amiga Claudia en la calle de atrás -ella también está en la foto-, y una vez que yo venía de su casa apareció un jeep de la Guardia, yo venía corriendo pero cuando los vi empecé a caminar porque me dieron miedo, pero fue peor el día que llegaron a mi calle un montón de jeeps persiguiendo a doña Emérita que venía en su carro blanco y pequeño quien sabe de donde, entonces escondieron su carro, cerraron la casa y todos nos metimos en los baños con la boca tapada, hasta me acuerdo que mi mamá quitó un poncho guatemalteco que tenía colgado porque podría ser que no le gustara a la Guardia. Pero nosotros seguíamos jugando.

Ahora tengo 16 años, es 1987 y en mi cuadra ya casi no tengo vecinos, la mayoría se fue del país porque si se quedan tienen que ir a la guerra, o sea, hay otra guerra, pero ya no oigo las bombas, hasta pareciera que es mentira pero es de verdad porque vienen los chavalos muertos. Álvaro Avilés que estudiaba en mi colegio murió, es muy triste. También murió el hijo de la tía Conchita y el tío Guillermo que además son vecinos, es el primer muerto que veo en mi vida. Se llama Guillermo Sánchez Velásquez, está en su caja, ella llora mucho, ya no quiero ver más. Parece que mi hermano Camilo también se va a ir del país, como mi papá ya se fue entonces se lo va a llevar, es que mi papá es antisandinista pero los hermanos de mi mamá visten de verde olivo muchas veces.

Con mi equipo de natación en Guatemala, 1982 ó 1983. Foto de María Xavier Gutiérrez.

Ya no hay actos sandinistas en la cuadra y a mí ese tema me vale, aunque en mi colegio muchos compañeros están metidos en eso de alfabetizar en los barrios, cortar café y en la Juventud Sandinista. A mí, eso no me llama la atención, talvez eso de ser tan seria no me sale, menos que quiera tener jefes de mi edad. Estoy solo siendo una adolescente internacional, o sea, como las del resto del mundo, me gusta hacer babosadas con mis amigas, nos prestamos ropa para salir, me gusta decorar mi cuarto y bailar como Madonna. Si logro conseguir una lata de chucherías gringas se la pongo a la bujía pelada del techo y creo una lámpara, escucho rock en mi grabadora doble casete y estudio inglés en la Academia Americana, o sea, soy todo lo opuesto al modelo de la “juventud dispuesta al sacrificio”.

Ahora tengo 19 años, es 1990 y acabo de votar por Violeta Barrios. ¡Qué sorpresa que ganó las elecciones! Es la nueva presidenta, algunos de mis amigos sandinistas me dejaron de hablar, pero la Jou y el Prix no, ellos siempre me hablan. Se acabó la guerra y el servicio militar, están regresando muchas personas del exilio, también regresa mi hermano Camilo de Miami -de 16 años-, que viene súper alto y usando los pantalones de MC Hammer, el que canta “U Can´t Touch This”. Para mortales como yo es momento de embodegar esa década llamada Revolución y de celebrar un futuro prometedor porque mi país se abre al capitalismo.

Es 1991 y me voy a Suiza por diez meses con mi madre -¡deslumbrante!-, regreso y entro a periodismo en la UCA y encuentro en la universidad a un chavalo excontra conversando con un excachorro, pero también hay muchos “Miami-boys” y me caen bien. Pareciera que todos y todas tiramos al cajón del olvido la década de los ochenta… sin sacar conclusiones, sin sacar aprendizajes, sin si quiera habernos dado cuenta de que eso era necesario, quizás.

Ahora tengo 48 años, hoy es 19 de Julio del 2019. Por décadas sentí que yo no tenía el derecho de hablar de mi país porque nunca había hecho algo grande por la patria -perversa idea inculcada por militancias y patriotismo sandinista-, ni perdí a nadie cercano en la guerra, bueno, si perdí a mi familia que era enorme y decenas de ellos se fueron al exilio buscando una vida mejor… Pero hoy escucho desde mi casa las caravanas de buses y camionetas que van a la plaza a celebrar los 40 años del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, que este año a la sombra de la represión descarnada de esta nueva dictadura, no hay ni un rincón de donde yo pueda sacar algo bueno de ese trozo de historia, en la que se empalmó la dictadura de los Somoza con la del sandinismo y ahora con la de Ortega-Murillo, que lleva gobernando desde el 2007.

Entonces ahora si quiero saber qué pasaba mientras la vida urbana de mi adolescencia transcurría ligera, leyendo las noticias que “doraban la píldora” de la realidad de esa década oscurantista, en la que se alfabetizó a costa de enajenar a los campesinos y a los pobres, que se redistribuyó la tierra a costa de desterrar a miles, que se defendió la Revolución a costa de asesinar incluso a niños de las comunidades miskitas. Y yo, además debo aceptar que voté en 1990 por doña Violeta pero que también tenía una parte de mi corazón con ellos, porque crecí en ese ambiente y me nutrí por diez años de esa realidad, y no fui de la Juventud Sandinista pero algunas veces fui a la plaza, algunas veces grité sus consignas y algunas veces también voté por ellos.

(Este testimonio es parte de una serie de entrevistas que abren la ventana a los recuerdos relacionados con la Revolución Sandinista de los años ochenta, así como sobre los sucesos vividos en Nicaragua en el año 2018. El único objetivo es agitar las memorias personales para aprender del pasado a través del  ejercicio de soltar “lo que no se ha dicho”  y de reflexionar a partir de la experiencia individual y colectiva. Usted está invitado, invitada, a sacar sus propias conclusiones / Las entrevistas se realizaron como parte del trabajo final presentado en el diplomado Memoria y Comunicación impartido por la Universidad Centromericana (UCA) en 2019)