En pantalla

“Spencer”: La princesa Diana, al borde del precipicio
Spencer

Kristen Stewart es la razón de ser de “Spencer”. A pesar de la idealización del personaje, la actriz humaniza la caricatura de la princesa Diana en esta película.

Cinco años después de “Jackie” (2016), Pablo Larraín observa a otra mujer famosa bajo presión. “Spencer” materializa a la princesa Diana a través de una virtuosa actuación de Kristen Stewart.

El guion de Steven Knight se concentra en los tres días de las vacaciones de navidad de 1991, tiempo en que decide divorciarse. Salvo un epílogo en Londres, toda la acción se desarrolla en las tierras de Sandringham. La mansión se encuentra, convenientemente, al lado de Park House, la casa familiar de los Spencer. Justo ahí, Diana pasó su infancia. La propiedad, clausurada y ruinosa, dispara sus recuerdos y ofrece un escape momentáneo.

Los aspectos más mundanos de la vida son regimentados como una guerra. La película arranca con la llegada de un convoy militar, anticipándose a la familia real. En sus baúles verde olivo no llevan municiones, sino viandas. Las frutas, verduras, mariscos y carnes que un ejército de cocineros prepararán sin descanso, bajo la supervisión del chef Darren (Sean Harris). Todo está decidido de antemano, desde el menú hasta los cambios de ropa, administrados por la modista Maggie (Sally Hawkins). El mayor Alistair Gregor (Timothy Spall) se encarga de los asuntos de protocolo, por no decir, espiar al miembro más problemático de la casa real.

Cada uno representa cierta actitud frente a la quimera que es Diana. Gregor, virtual villano, lleva la voz cantante del ‘statu quo’. Trata de coaccionar a la rebelde para que siga las reglas –Spall es apropiadamente siniestro cuando las circunstancias lo demandan–. Maggie es como el público general, devoto en su adoración incuestionable –una revelación tardía lleva este estado a extremos ridículos–. Y Darren es, quizás, el espectador moderno, empático, pero racional, con algunas reservas de escepticismo ante la volátil princesa.

Kristen Stewart es la razón de ser de “Spencer”. A pesar de la idealización del personaje, la actriz humaniza la caricatura. El vestuario y el maquillaje hacen lo suyo, pero de ella depende la energía nerviosa, el acento y el lenguaje corporal. Su Diana se siente descarnadamente viva, incluso cuando la película sucumbe al simbolismo en clave obvia. Véala devorar las perlas que Carlos le regaló en Navidad, iguales a las que le dio a su amante, Camila Parker-Bowles. El fantasma de Ana Bolena aparece recurrentemente, para recordarle lo que la corona hace a las mujeres inconvenientes. Si la comparación no es clara, en una toma particular, Stewart suplanta a la actriz Amy Madison.

“Spencer” no puede evitar sucumbir al sentimentalismo. Diana se compara a sí misma con animales victimizados: los faisanes tontos, criados solo para ser carne de cañón en las teatrales cacerías de la realeza; o un caballo salvaje, que su padre nunca pudo domar. Existe ya una tradición de equiparar a la princesa con animales. Véase “The Queen” (Stephen Frears, 2006), en cuyo momento culminante, la reina Isabel II (Helen Mirren) contempla a un ciervo herido, invocado como la princesa recién muerta.

Los destellos surrealistas cumplen la misma función que los ocasionales ‘flashbacks’: invocar el frágil estado emocional de Diana. La soledad de su matrimonio, la casual crueldad de Carlos (Jack Farthing), y la franca infelicidad que la embargan la quiebran frente a nuestros ojos. Stewart logra mantenerla vulnerable y carnal, aunque la película insiste en infectarse con fantasía. Este impulso va en franca contradicción con el estilo clínico de la observación material del director, claramente influenciado por Stanley Kubrick. La cámara recorre los pasillos de Sandringham como si fuera el Hotel Overlook de “El Resplandor” (1981). Tome nota de la vista aérea que registra la tardía llegada de Diana, manejando ella misma su carrito deportivo, sin guardaespaldas. Larraín pone a la realeza bajo un microscópico, pero al final nos sirven el capítulo de una telenovela.

Los valores de producción son excelentes. No estoy seguro si la familia real siempre tiene a un conjunto de cuerdas amenizando con ‘acid jazz’ la cena, pero la música de Jonny Greenwood es hipnotizante y apesadumbrada. La fotografía de Claire Mathon infunde una atmósfera fantasmal, que va más allá de la neblina navideña. Un atípico encuadre de 1.66: 1 rebana los bordes de la tradicional pantalla ancha y confina aún más a Diana. Al final, Larraín ofrece un filme demasiado frío para el público general, y demasiado sentimental para los demás. Pero tiene que verlo, gracias a la actuación de Stewart.

“Spencer”
Dirección: Pablo Larraín
Duración: 1 hora, 57 minutos
Clasificación: * * * (Buena)