En pantalla

“The Disciple”: El retrato de un artista en busca de lo sublime
The disciple

“El Discípulo” no es la tragedia de un hombre que no alcanza el éxito —o lo que sea que se entiende como tal—. Pero este estreno de Netflix es ciertamente prometedor

Puede sonar prematuro, pero “El Discípulo” es una de las mejores películas del año. Dos premios en el Festival de Venecia avalan a este estreno de Netflix.

En la India contemporánea, Sharad (Aditya Modak) es un joven con una férrea vocación: ser cantante de música clásica hindustaní. Su práctica demanda un estilo de vida austero y difícil. “Santos y ascetas han adquirido esta música después de miles de años de rigurosa búsqueda espiritual”, dice la voz de Maai (Sumitra Bhave), en las grabaciones que él escucha obsesivamente mientras recorre la ciudad en su moto. Ella es una legendaria intérprete ya muerta. Su familia lo presiona para que busque una carrera más segura, pero él está convencido de su camino. Visita con devoción a su maestro (Arun Dravid), pero incluso nosotros, con oídos sin entrenamiento para distinguir las sutilezas del género, podemos discernir que la excelencia a la que aspira no está a su alcance.

El director Chaitanya Tamhane es un artista genuino, pero no cae en la trampa de sugerir que el ejercicio del arte, por sí mismo, basta para ser feliz. No hay nada de glamor en el camino de su protagonista, empeñado en una práctica enrarecida e insular —el roce más cercano que tiene con el éxito material, implica cantar en una fiesta privada, en casa de una periodista adinerada—. Lo seguimos en competencias y conciertos organizados en escuelas y centros comunales. La audiencia siempre es madura y envejecida. Para sobrevivir, Sharad trabaja en una pequeña disquera de música clásica. Ni ahí está a salvo de las demandas por contenido popular. “Todos buscan música religiosa”, dice quejándose con un colega mientras venden discos compactos fuera de un festival.

Tamhane nunca separa a sus músicos del mundo real y concreto. Favorece escenas largas con una cámara estática, mostrándonos mucha información sobre los personajes y sus circunstancias, sin necesidad de describir con palabras. La ciudad, las casas, los cuartos y los recintos donde cantan aportan contexto y sustancia. Guardando ciertas distancias culturales y técnicas, el estilo recuerda el afán de Alfonso Cuarón por destacar la relación de sus personajes con el espacio que ocupan en la elegíaca “Roma” (2018) —no es casualidad que el cineasta mexicano figure como productor de la película—. El director tiene un estilo austero —¿es él mismo, Rashad detrás de la cámara?—, pero rescata la fuerza dramática del “zoom”, reservándolo para momentos de revelación personal, pero a una ritmo lento que ratifica el carácter introspectivo. Ocurren en momentos de exaltación —cuando canta particularmente bien— o de revelación —cuando escucha algo que no quiere oír—.
Modak ofrece una actuación de primera categoría, creando un personaje coherente en diferentes momentos de la vida —el tiempo es tan importante como el arte—. La primera mitad nos presenta al protagonista en plena juventud, con su idealismo brusco y absoluto. La segunda mitad salta algunos años para mostrarlo más adulto, dispuesto a hacer concesiones al público y el comercio, en la lucha por vivir de su arte. Unos cuantos ‘flashbacks’ nos permiten conocer al hombre a través del niño, y su relación con su padre. Un epílogo cierra con una nota de madurez.

A pesar de una chocante revelación que nos obliga a revaluar las decisiones de Rashad, “El Discípulo” no es la tragedia de un hombre que no alcanza el éxito —o lo que sea que se entiende como tal—. La película ofrece una compasiva mirada al artista como hombre trabajador, acoplándose a la manera en que el mundo funciona. Es una realidad aparte a la fantasía de celebridad sobre la cual trafica la industria del entretenimiento. Esta “realidad” manufacturada es gentilmente satirizada en breves estampas recurrentes que recogen el ascenso de una muchacha pobre que se convierte en estrella del programa televisivo “The Fame India”, un simulacro perfecto de “American Idol”. Empieza como una niña humilde, y termina disfrazada de rockera.

Sharad observa sin traicionar una emoción. Deducimos lo que piensa por su insistencia en seguir cantando. No será el mejor, pero sigue haciéndolo. Hay algo de triunfo en eso. Las pequeñas y grandes humillaciones que encuentra en el camino son solamente gajes del oficio. Entre la tradición y el comercio, el público, el ego, y sus propias limitaciones, encuentra su espacio. Si Rashad es culpable de algo, es de confundir una práctica eminentemente humana con algo divino.

“El Discípulo”
(The Disciple)
Dirección: Chaitanya Tamhane
Duración: 2 horas, 9 minutos
Clasificación: * * * * (Muy Buena)
*Disponible en Netflix