La vida después del duelo

Franklin Villavicencio

A Claudia Pérez Mendoza la asesinó su suegra, Marcia Ramírez, pero muchos creen que no lo hizo sola. Sus hermanas, a pesar del dolor, están dispuestas a continuar investigando

Publicado el 28 agosto, 2017

El día que la mataron, Claudia Pérez se despertó a las cinco de la mañana, tomó el celular y llamó a su hermana Ninoska. Le pidió que llegara a su casa y que llevara una plancha de pelo y maquillaje.

“Ella siempre que salía se arreglaba, pero ese día salió mejor que nunca”, cuenta Ninoska meses después del asesinato.

A las ocho, Claudia tomó su última taza de café.

Ese viernes 7 de abril se vistió con lo mejor de su clóset: unas pulseras de acero, un pantalón de mezclilla y una camisa anaranjada con rayas blancas. Su ropa sería, al día siguiente, la forma más fiel de reconocerla.

Cinco días antes de morir, Claudia no dejaba de pensar en sus tres hijos. Habló con su hermana mayor, Eveling Pérez, y le pidió que, en caso de ausentarse, se encargara de ellos. “No sé si ella presentía su muerte”, comenta.

A Claudia la mató su suegra, Marcia Ramírez. La citó con la promesa de visitar a un brujo en el municipio de San Rafael del Sur para liberar a su hijo, Francisco Ramírez. Él estaba “embrujado” por otra mujer y le harían una “limpia”.

De acuerdo a la Policía Nacional, Marcia, de 56 años, drogó a su nuera, de 34, mientras viajaban en la ruta 104 hacia el barrio capitalino Hialeah. Al llegar ahí, la condujo a un terreno baldío, montoso y deshabitado. La autopsia reveló 44 estocadas con dos tipos de arma blanca –destornillador y cuchillo—, y un trauma craneoencefálico severo, causado por la piedra que Marcia usó para golpear a Claudia en la cabeza y en el rostro. Luego tomó los tres objetos de la escena: la piedra, el destornillador y el cuchillo, y los llevó donde su pareja, Sergio Pérez Alvarado, de 59 años. Él se encargó de eliminar la evidencia quemando todo en una fogata.

Cuatro meses después ambos fueron sentenciados: Ella a 30 años de cárcel –la pena máxima en Nicaragua— por asesinato y robo agravado, y él a cuatro años por encubrimiento.

Estos son los hechos que los medios de comunicación han difundido, pero para sus hermanas, Claudia es más que una cifra. Su muerte afectó a toda la familia y destruyó un hogar.

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Después de la muerte de su hermana, Eveling Pérez cumplió su promesa. Se encargó de seguir al pie de la letra las indicaciones que Claudia le había encomendado: “al mayor de 16 años me dijo que lo mandara a Costa Rica donde sus tías, a la niña de nueve que me hiciera cargo de ella y al pequeño de tres que lo dejara con su papá”.

Pese a que están separados, ella no descuida a ninguno de sus sobrinos. Todos los fines de semana ve al menor, que siempre le pregunta cuándo volverá su mamá del cielo. Después del asesinato, Eveling no sabía cómo explicarle al niño que su mamá había muerto.

El que más llora la ausencia de Claudia es su hijo adolescente. Ya no es el mismo, dicen sus tías. Ahora está rebelde y guarda demasiado rencor. Los primeros meses recibió ayuda psicológica pero luego se mostró reacio a seguir con las citas. “No quiere ayuda”, comenta Darling Pérez, otra de las hermanas de la víctima.

Por ahora el adolescente vive en Costa Rica, en una finca donde debe caminar tres kilómetros para salir a la calle. Sus tías creen que este lugar lo aleja de los vicios, a los que en una ciudad como Managua estaría expuesto.

La niña de nueve años sufre también la pérdida. Para el acto escolar del Día de las Madres, Claudia tenía un mes y 23 días de haber sido asesinada.

En la casa de Darling, pese al luto, todavía hay chance para los juegos. La niña corretea en el porche junto a sus primas, tararea canciones y sonríe siempre que puede. Hace bastante reconoce que su mamá “está en el cielo”.

  • Retrato de Claudia Pérez Mendoza | Cortesía

Claudia y el hijo de Marcia, Francisco, fueron amantes durante dos años. Nunca hubo violencia, pero tampoco estabilidad. Ambos habían determinado la naturaleza de la relación: esporádica y de “a ratos”. Cuando la esposa de él se ausentaba, o cuando peleaban, se veía con Claudia.

“A ella nunca le fue bien en el amor”, aseguran sus hermanas. Como madre soltera vendía frescos, ropa usada y acciones de rifas, para mantener a su familia.

Su vida no fue fácil. Desde pequeña, junto a sus siete hermanos –seis mujeres y un varón—, salía a vender tortillas de casa en casa. A veces lo recogido no daba ni para comer.

El hogar donde crecieron –la misma casa del barrio Jorge Dimitrov donde Claudia vivió sus últimos días— era tan pequeño que prácticamente dormían “uno sobre otro”, cuenta Darling.

Cuando Claudia tenía 13 años, fue violada por un vecino diez años mayor que ella. Ese día se quedó sola, sus hermanos salieron a vender al municipio de Nandaime y al regresar no la encontraron. Entrada la tarde, se dieron cuenta que el vecino la tenía encerrada y la había violado.

Desde ese día no quiso estar más en el barrio y se mudó donde otros familiares. “Nosotros nunca le dimos prioridad a eso, ni le dimos ´pelota´, porque no teníamos ni un peso, ni psicólogo. En ese tiempo éramos ignorantes. Nosotros ahí lo dejamos”, lamenta Darling.

femicidio
Claudia Pérez (izquierda) en la graduación de un familiar | Franklin Villavicencio | Niú

A ella le tocó reconocer a su hermana en la morgue: estaba desfigurada, con el cuerpo lacerado y la ropa manchada de sangre. En ese momento deseó creer que no era Claudia, pero no pudo. Reconoció sus pies, sus uñas siempre decoradas con flores, sus dientes separados desde que le nacieron y su contextura sólida.

Desde entonces le cuesta dormir y todos los recuerdos felices han sido desplazados por el ajetreo de los últimos cuatro meses de audiencias, citaciones y declaraciones. También admite que el rencor la ha envenenado y no la deja vivir en paz.

“Haberla visto en el estado en que quedó me llena de odio. Es lo que más rencor me da. Tengo más malos recuerdos que buenos, porque yo la vi, fui a la morgue, al reconocimiento”, confiesa Darling.

Ella es el rostro jurídico de su hermana asesinada. En cada audiencia ha soportado el peso emocional que implica escuchar a detalle cómo fue agredida.

Eveling, en cambio, llora todos los días y aún guarda las conversaciones de WhatsApp con Claudia, los audios y las fotos. Casi todos los días escucha la voz alegre y llena de vida de su hermana.

En una de las conversaciones que oye por el altavoz del celular, Claudia le dice lo feliz que se siente por la nueva mantenedora que usará para vender frescos. Su anhelo era poner un negocio. “Era lo que siempre quería, poner una fritanga”, comenta Eveling con una leve sonrisa en su rostro.

  • Darling Pérez (izquierda) en la última etapa del juicio de Marcia Ramírez y Sergio Pérez Alvarado | Franklin Villavicencio | Niú

El 22 de junio comenzó el juicio contra Marcia Ramírez y Sergio Pérez. Ese mismo día, se presentó un video donde Marcia dijo que su hijo, Francisco Ramírez, había terminado la relación con Claudia, pero ella estaba obsesionada con él y no dejaba de escribirle, ni mandarle mensajes.

La mujer reconstruyó, en esa prueba judicial, el crimen que cometió en aquel terreno baldío de Hialeah. Según ella, Claudia le había dicho que iba hacer sufrir a su hijo. “O era ella o era yo”, aseguró Marcia.

Al juicio de Marcia Ramírez no llegó ninguno de sus familiares.

Sergio Pérez, su amante y cómplice, sí tenía alguien que lo acompañara: su hermano Eduardo Pérez, que viajaba desde el municipio de San Rafael del Sur.

“Todo este proceso ha sido para mí bastante incómodo porque él (Sergio) es una persona que no se mete con nadie. No tiene antecedentes, no fuma, no bebe. No sé cómo se metió a esto”, dijo Eduardo compungido.

Nunca había escuchado de la relación de su hermano con Marcia, afirmó.

El 7 de julio, les declararon culpables. Cuando la jueza Rosario Peralta les otorgó el derecho de pronunciar sus últimas palabras, Marcia Ramírez guardó silencio.

Al escuchar su condena, su rostro no mostró ninguna emoción. Su mirada se posaba en el vacío, impasible. En ciertos momentos hablaba con su abogado, pero en la mayoría de las horas en aquella sala de los Juzgados de Managua, permanecía sentada, sin agachar la cabeza, ni establecer contacto visual con nadie.

La Fiscalía pidió 29 años para ella por el delito de asesinato y siete años por robo agravado. Al final la sentencia fue de 33 años, pero Marcia Ramírez  pasará 30 años en prisión, porque esa es la pena máxima en Nicaragua. Sergio Pérez pagará una condena de cuatro años de cárcel.

Vela de Claudia Pérez en el barrio Jorge Dimitrov | Cortesía

Cuatro meses después del asesinato de Claudia Pérez, al preguntarle a sus hermanas si sienten que se hizo justicia responden con un “sí”, lleno de tristeza.

El sufrimiento de la familia no terminó con el juicio. Darling tiene la convicción de que hay un implicado más que fue cómplice del asesinato y está dispuesta a investigar por su cuenta. No considera que Marcia haya podido sola con su hermana. Está segura que alguien le ayudó.

Ella no es la única que lo cree. Magaly Quintana, coordinadora de Católicas por el Derecho a Decidir, organización que le ha dado seguimiento al caso, también ha señalado una serie de inconsistencias que dejan en evidencia la implicación de más personas en el crimen. 

“La familia de Claudia estaba clara que esta mujer no actuó sola, es decir, (por) la forma en cómo mataron a Claudia estaba demostrado que no pudo haber sido esta mujer nada más y la Policía Nacional se quedó ‘muy bien, gracias'”, reclama la experta. Las autoridades ya cerraron el caso y no investigaron a fondo la implicación de otros autores.

Claudia Pérez
Claudia Pérez es descrita por sus hermanas como alguien siempre alegre y dinámica | Cortesía

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A Darling Pérez ya no le quedan buenos recuerdos. “Me queda nada más el odio y el rencor, porque a veces pienso que tal vez pude haber hecho algo, siempre me pregunto qué hicimos mal o en qué no la ayudamos”, narra con tristeza. Desconfiaban de Marcia, pero no pudieron alejarla de su hermana.

Eveling prefiere seguir con los recuerdos felices. Ahora vive en la casa en el barrio Jorge Dimitrov. Aquella donde nacieron y dormían “una encima de la otra”.

Volver implicó un proceso de sanación, pues cada día recuerda a Claudia regando la entrada de tierra y lo “histérica” que se ponía cuando no había agua y no podía hacerlo.

Me siento en los lugares donde a ella le gustaba sentarse, en donde le gustaba acostarse y siempre la recuerdo. Ahí estoy siempre recordando”, dice mientras sonríe y termina de reproducir los audios de WhatsApp que todas las mañanas Claudia le mandaba: “¡Cómo amaneciste vieja!, ¡cómo amaneciste!, ¿cómo estás?, ¿qué pasó?, ¡reportate!”.

Femicidios, un problema de salud pública

Para Magaly Quintana, las secuelas de los femicidios deben ser vistas como un problema de salud pública porque “todos los familiares de estas víctimas quedan totalmente descompensados y por otro lado, vemos la ineficacia del Estado que no les brinda atención psicológica”.

La experta señala que el Gobierno no hace nada por proteger la vida de las mujeres y “mucho menos hace algo para darle respuesta a las consecuencias de las muertes de estas”: “¿Cuántos niños han quedado en la orfandad? Hemos visto varios casos de familiares que han muerto producto de la depresión, por ejemplo, la mamá de una enfermera que mataron en Chinandega murió de depresión, hace poco también murió el papá de una muchacha en Estelí, de la pura tristeza el señor nunca se recuperó”, comenta.

La Policía Nacional también tiene su cuota de responsabilidad, pues según Quintana, no ofrece una atención integral, ni una detención rápida a los agresores y en muchas ocasiones no toman en serio las denuncias de las mujeres agredidas o amenazadas de muerte.

“Aquí tenemos un Estado que no está interesado. Cuando un caso queda como asesinato, ahí estás escondiendo las cifras de femicidio“, lamenta.

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