Johana perdió su casa, pero salvó su vida

Pequeña, tímida y reservada. Exige que le devuelvan el hogar que construyó con esfuerzo, pero que le fue arrebatado por el hombre que la tuvo "muerta en vida" por más de 18 años

Publicado el 7 marzo, 2018
Yamlek Mojica L
Fotografía: Carlos Herrera
Johana Díaz pidió, por asuntos legales, no mencionar los nombres de sus hijos, ni el de su exesposo en este texto.

La última vez que Johana Díaz y sus dos hijos estuvieron en casa fue hace más de un año. En febrero de 2017 su esposo casi los asesina a machetazos. Si no hubiera escapado, ella estaría en la lista de femicidios de ese año. No se llevó nada, ni su ropa, ni sus muebles, ni sus documentos personales. Toda su vida cabe en un saco de macen que carga cada vez que cambia de vivienda. “Lo que hemos sufrido ha sido un martirio. ¿Por qué tenemos que pasar por algo así?”, lamenta.

Después de huir de la casa que construyó durante 18 años, Johana y sus hijos no tenían dónde vivir. Anduvieron “posando” por casi medio año y hace unos meses, sus familiares les acomodaron un espacio dentro de un diminuto cuarto que antes usaban como bodega. Johana, sus hijos de 20 y 18 años, y sus dos nietos, duermen en dos camas unipersonales. Ella no le llama “hogar”. “Me siento como intrusa aquí. Es feo estar de arrimada, así es como me ven”, dice.

Se levanta a las seis de la mañana para hacer los quehaceres del día. Le cuesta mucho. En su cuerpo están los rastros de las agresiones de su exmarido. Tres de sus vértebras quedaron estropeadas y le impiden estar de pie por mucho tiempo. Y es que a los ocho días de haberse casado, él la tiró de la cama y le quebró la columna.

Buscando una cura, pasó más de una década visitando distintos hospitales en todo el país. Debido a la lesión, adquirió tuberculosis y meningitis. “Él no se hizo responsable de mi enfermedad, no me dio ni un peso. Decía que fue un accidente y que era mi culpa, porque era una muñeca de porcelana“, recuerda.

Johana logró recuperarse, pero ahora depende de medicinas, que no puede pagar, para movilizarse con relativa calma. “Camino de milagro”, dice. Así lava, plancha y limpia la casa donde se hospeda, según ella, así paga “todo lo que la han ayudado”.

La violencia se extendía a sus hijos. Cuando tenía nueve años, a la hija de Johana, que nació de una relación previa, él la echó de la casa porque “era una bastarda”. A su hijo, desde pequeño, le daba marihuana para que “lo dejara en paz”. Mientras su madre estaba internada en hospitales, él hacía fiestas llenas de licor enfrente de los niños, que poco a poco comenzaron a refugiarse en las pandillas de Estelí.

“Yo peleaba para que mis hijos estuvieran conmigo. Los llegaba a traer donde estuvieran, porque ellos tenían que estar con su madre, pero él cuando yo estaba internada se aprovechaba para hacerles maldades”, explica Johana.

A los 15 años su hija pertenecía a una pandilla y quedó embarazada. Mientras tanto, su hermano fue arrestado por portación de sustancias ilegales. Johana sentía que todo era su culpa, eso era lo que él siempre le decía. “Él me golpeaba y me gritaba que todo lo provocaba yo. Que yo era la única responsable que nuestro hijo estuviera preso o que mi niña estuviera embarazada. Era horrible, yo me sentía impotente, inútil”, cuenta.

Si ella tiene ganas de vivir es por sus hijos. Mientras estaba en el hospital era en lo único que podía pensar. Lloraba, rezaba y sufría por ellos. En cuanto pudo, llegó a “salvarlos”. Su relación con su marido empeoró, pero no le importó. “Mis hijos son primero que cualquier hombre“, enfatiza.

El joven salió de la cárcel con libertad condicional y ella adoptó a su primer nieto. Hace meses nació el segundo. (El primero) es mi niño, no es mi nieto, lo veo como hijo mío. Tenía que protegerla a ella, dejarla que creciera. Por ellos escapé”, admite.

El último día dentro de la casa para ella es borroso. Él, como siempre, les gritaba que eran unos “ladrones y mantenidos”. Johana entraba en shock y no sabía qué hacer. Eso lo ponía más furioso. Mientras él se disponía a golpearla, su hijo comenzó a defenderla. “Mi hijo le dijo que se metiera con él, no conmigo. Ante sus manos yo era una indefensa, tenía mucho miedo. Era la primera vez que se le paraba al papá”, dice.

Su exmarido sacó un machete y juró que si no los mataba a todos nunca iba a estar en paz. Se abalanzó contra ellos, pero su hijo comenzó a tirarle piedras. Johana y su hija agarraron a los bebés y salieron de la casa corriendo. “Yo le rezaba a Dios que me matara a mí, pero no a mis hijitos”, afirma. La denuncia por este hecho no fue procesada. No le pidieron sus datos, pero le dijeron que le avisarían.

Sus antiguos vecinos le cuentan que desde que huyó la vivienda está “como abandonada”. Para ella es curioso, porque si las paredes no estaban impecables y los pisos no relucían, le esperaban golpes e insultos de su exesposo.

Todos sus recuerdos están allí. Las fotos de su juventud, sus documentos personales, su ropa, su vida. Extraña la tranquilidad que sentía cuando él no estaba y podía pasar el día con sus hijos. Su patio, su casa. Al final ella la construyó. Mientras él se emborrachaba, ella vendía productos de Avon para comprar cada bloque puesto en las paredes, cada lámina que cubre el techo y cada silla en que se sienta. Pero la propiedad está a nombre de él. Así es la situación de Estelí.

Juanita Villareyna, codirectora de la Fundación Entre Mujeres de Estelí, afirma que la violencia patrimonial, que está penada en la Ley 779, es una de los abusos más comunes en este departamento. Según la experta, la normalización del “hombre cabeza de la casa” es un estereotipo que ha dañado históricamente los hogares de Estelí y de todo el país. “Eso es visto como normal. A las mujeres se les enseña que tienen que ser sumisas, que ellos son dueños de todo, hasta de ellas. Ya después lo usan como chantaje para no dejarte salir de la violencia”, explica.

Johana era vista por él como un objeto más de la casa. Alguien que lo alimentaba y cuidaba.

Su divorcio está en proceso y vive un martirio legal para conseguir una orden de restricción y recuperar su hogar, pero afirma que en la Policía no le dan respuestas. La situación es difícil y aunque ya ha pasado un año, no se ha adaptado a su nueva vida.

“Las camas donde dormimos son un martirio para mí. Es como dormir en el suelo. Eso deteriora mi espalda y mi vida. Aquí se hacen trabajos de costura y yo ayudo en eso hasta altas horas de la noche, después de andar caminando vendiendo Avon todo el día. Yo creo que doy trabajo por dormida. Es horrible “, explica.

Uno de sus mayores deseos es regresar a su casa y gozar de su vejez al lado de su familia. Una casa donde no esté “él”, una donde sea realmente feliz. Su hijo va a la Policía, una vez al mes, para probar su sobriedad. Ahora trabaja en un plantel de materiales y todo su dinero lo dedica a su madre. Él, cada vez que va a la estación policial, pregunta por la situación de Johana. Nunca obtiene respuestas. Su hija, como muchas estelianas, trabaja en la industria del tabaco. Con su salario mínimo trata de mantener a sus dos hijos y apoya a su madre. Los tres se hacen llamar un “gran equipo”.

Su agresor está libre y actúa como si nada pasó. Sigue trabajando como conductor de buses, como el día en que lo conoció.

Me llama todavía para decirme que le vaya a hacer mandados, que llegue a cocinarle, cosas así. Como que piensa que sigo siendo su esclava o no sé”, asegura.

Ella siempre cuelga.

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