En pantalla

Guillermo del Toro nos sumerge en la fantasía romántica de “LA FORMA DEL AGUA”
Fox Searchlight Pictures | Tomada de internet | Niú

Los engranajes de la trama corren atropelladamente en el tercio final, pero eso no borra sus elementos más inquietantes. “La Forma del Agua” supone una experiencia memorable en la pantalla grande.

El mexicano Guillermo del Toro es un acólito del horror clásico. “La Forma del Agua” podría pertenecer a la era dorada del género, si no hiciera explícito lo que esas películas dejaban implícito. El monstruo termina siendo más humano que los humanos. La criatura que captura el corazón de Eliza, la afanadora muda interpretada por Sally Hawkins, parece un descendiente de “La Criatura de la Laguna Negra” (Jack Arnold, 1954). “¡Los nativos lo adoraban como si fuera un dios!”, dice incrédulo el sádico agente Strickland (Michael Shannon), quien lo lleva a un laboratorio secreto donde será sujeto a violentos experimentos. Nuestra heroína esta lista para amarlo como si fuera un hombre.

La acción se desarrolla en los EE.UU. de los tempranos 60. La atmósfera sugiere un cuento de hadas, pero la realidad histórica se cuela por la radio y la televisión. En el sur, las autoridades reprimen la lucha por los derechos civiles. La crisis de los misiles invoca la aniquilación nuclear. Es solo uno de tantos horrores que reverberan debajo de la hermosa superficie de un pasado idealizado.

Sally Hawkins y Doug Jones en THE SHAPE OF WATER. | Fox Searchlight Pictures | Tomada de internet

Un interludio romántico en una cafetería es descarrilado por un despliegue de racismo institucional y homofobia. Además de los flagelos sociales, los personajes principales son trágicamente solitarios: la mudez de Eliza la convierte en paria. Su mejor amigo y vecino, Giles (Richard Jenkins), es un artista gráfico gay, maduro, sin empleo ni pareja. Su compañera de trabajo, Zelda (Octavia Spencer) tiene un esposo de décadas que pasa el día viendo TV sin decir palabra.

No es de extrañarse que Eliza se enamore de la criatura. “No sabe que soy muda, y me ve como soy”, dice ante el escepticismo de Zelda. En sus horas de almuerzo, se cuela en la bóveda sellada que lo alberga para ofrecerle el bálsamo de su compañía: comparten huevos duros, escuchan música de Benny Goodman y Glenn Miller, y le enseña a hablar por señas. El idilio se rompe cuando Strickland y el ejército deciden ejecutar una vivisección para aprender “como funciona”. Acompañada de Giles y Zelda, Eliza urde un plan de rescate. Si el sentido de urgencia no bastara, una cuadrilla de espías también va detrás de él.

Los engranajes de la trama corren atropelladamente en el tercio final, pero eso no borra sus elementos más inquietantes. “La Forma del Agua” delata sus preocupaciones adultas al reconocer con franqueza la dimensión carnal. En el montaje que introduce a Eliza, vemos como la masturbación es parte de su ritual cotidiano. Más adelante, durante una conversación con Zelda, ella explica con gestos como consuma físicamente su relación con el “hombre pez”. En algunos resquicios de las redes sociales, detractores del filme han encontrado mucha hilaridad en esto. El ridículo es un riesgo asumido en el género fantástico, pero creo que hay algo de incomodidad ante la representación del deseo femenino. La criatura, interpretada por Doug Jones, un viejo colaborador de Del Toro, tiene un cuerpo musculoso e imponente, pero es vulnerable en tierra, y depende de una mujer para sobrevivir.

Si la película falla en algo, es en simplificar al personaje de Shannon en su villanía. Menos que un personaje, es un símbolo del estatus quo. Derrocha privilegio masculino en su interacción con todas las mujeres del filme, incluyendo a su esposa. Para más señas, se está pudriendo ante nuestros ojos, literalmente. En un episodio fuera de cámara, la criatura le cercena dos dedos de la mano izquierda, que lo médicos proceden a coser nuevamente en el muñón, en un infructuoso intento por salvarlos.

La película sería más rica si admitiera en algún nivel la humanidad del monstruo con apariencia de hombre. Sin embargo, el villano sin redención es también un arquetipo del género que Del Toro invoca. La resolución del filme se experimenta como una declaración de principios ante el repunte ultraconservador de EE.UU.: una mujer blanca, una mujer negra, un homosexual y un científico conspiran para revertir los designios malignos de un hombre blanco privilegiado. Bellamente actuada y armada, “La Forma del Agua” supone una experiencia memorable en la pantalla grande. No en balde está nominada a 13 Óscares, incluyendo Mejor Película.