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Parar
paro en Nicaragua
Retrato de una de las barricadas. Foto: Carlos Herrera. Niú

Parar todos a la vez, de la misma forma que marchar y trabajar todos a la vez es mostrar fuerza y unidad: Que paren ellos de matarnos. Y que se vayan.

Primero pararon los estudiantes. Dejaron las aulas y los pasillos, pusieron a un lado los libros y las computadoras y fueron a la calle a manifestarse contra la injusticia. Pararon porque así no se podía seguir. Pararon porque seguir inertes nos llevaría, a una velocidad imparable, a la desgracia colectiva. Su forma de parar fue moverse y agitar las consciencias de un país que muchas veces los creyó inactivos, inamovibles.

Después pararon ellos. Richard, Álvaro, Carlos, Alvin, Michael, Orlando, Franco. Detuvieron lo que estaban haciendo, aplazaron los planes que tenían para ese día o para esa noche y salieron de sus casas a protestar o a ayudar. Pero una bala asesina los detuvo y paró la vida. Y no solo la de ellos, también las de sus familias que desde entonces viven en un paro sin fin. Uno en donde las lágrimas y el dolor no paran.

Seguidamente paró Monimbó. Cerraron sus entradas, protegieron sus calles y su rutina diaria paró también, pero para reacomodarse. Ahora incluye vigilancia, logística, fabricación de morteros, asistencia a heridos, sepultura a muertos. Fue parar y regresar en el tiempo porque esto ya lo sufrieron hace más de cuarentas años y entonces, como ahora, no pararon hasta alcanzar la victoria.

Luego paró Masaya y quizá no por voluntad propia. A Masaya la pararon a la fuerza los mismos policías que debían resguardarla. Ellos y sus secuaces. Y lo hicieron a punta de saqueos e incendios. De no parar hasta arrasar con todo. Comercios, casas, vidas. Nada los paró hasta que el mismo pueblo se detuvo, redescubrió su valor, les puso un alto y les hizo ver que ahora los parados son ellos. Que no pueden contra un pueblo en movimiento.

Un niño juega frente a una barricada de adoquines en el barrio María Auxiliadora de Managua. Foto: Jorge Torres. EFE

Así han parado también los campesinos cuando han dejado sus familias, sus comarcas y sus cosechas para ir a Managua a una marcha o cuando han tenido que hacer guardias en los tranques de las carreteras. Así han parado también las madres y los padres de los más de ciento cuarenta caídos y de los desaparecidos cuando han faltado al trabajo o a han dejado sus casas para unirse en un plantón o para ir al Chipote, a las estaciones de policía, a Medicina Legal y a los canales de televisión a ver si alguien les da razón de sus hijos.

Así han parado los vecinos de los barrios y las ciudades enteras que han levantado sus barricadas y bloqueado sus calles para impedir el paso de los paramilitares y demás matones. Así ha parado León, Carazo, Granada, Jinotega, Matagalpa, Estelí cada vez que las atacan, cada vez que se les para la respiración porque las campanas de las iglesias no paran de sonar, ni los criminales paran de disparar.

Mañana el paro será total, pero el país se ha ido parando poco a poco desde el 18 de abril. A sangre y fuego. Sin embargo, hemos ido entendiendo que parar no se traduce en parálisis. Que parar puede servir para recargar energía, recobrar el sentido, respirar y seguir adelante. Parar todos a la vez, de la misma forma que marchar y trabajar todos a la vez es mostrar fuerza y unidad. Es dar un mensaje en voz alta y clara: Que paren ellos de matarnos. Y que se vayan.

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