Cultura

San Sebastián de Diriamba
Carlos Herrera | Niú

Esta festividad es parte de nuestra cultura ancestral, que con dientes y uñas se aferró a la vida durante la conquista

     
  • Mario Urtecho
  • 28 de enero 2017
*Colaboración especial para Niú

El 17 de enero, como todos los años, iniciaron las multitudinarias festividades dedicadas a San Sebastián, quien tiene cerca de 300 años de ser patrón del noble y aguerrido pueblo de Diriamba, también cuna del legendario cacique Diriangén.

En la Historia de Nicaragua, de Tomás Ayón, se lee que en 1752, durante su visita pastoral, el obispo Agustín Morel de Santa Cruz constató que en la Diriamba de entonces “había 49 casas de paja, habitadas por 119 familias con 335 personas, destacando que en la pequeña iglesia del pueblo, ubicada en el mismo sitio donde está la actual Basílica, tenían a la bella imagen de San Sebastián”, la que según la leyenda, fue encontrada y rescatada por pescadores -junto con Santiago, patrono de Jinotepe- dentro de unos cajones de madera que flotaban en las aguas de Huehuete, en la costa del Pacífico nicaragüense.

El 17 de enero, al sonar de las marimbas, el tuntún de los tambores y los estruendos de la pólvora, inician las festividades, que culminarán el 29, sostenidas por una jerarquía de promesantes: Mayordomo, Patrona, Tenientes y Alférez.

Carlos Herrera | Niú

Los doce días de fiestas se dividen en tres partes de cuatro días: del 17 al 20, presidida por el mayordomo, quien está obligado a hacer las mejores celebraciones. Para eso, además de sus propios recursos, recurre y se ayuda con ofrendas que, en carretas y en lo que sea, los fieles le llevan de comarcas vecinas: vacas, terneros, racimos de plátanos, gallinas, chompipes, chanchos, y lo que estén en capacidad de dar, para agradecer al santo por favores concedidos o milagros venideros. De manera similar, del 21 al 24, la batuta la asume la patrona, y del 25 al 29, los alférez y el resto de promesantes.

Las enramadas en las calles indican que allí hay fiesta, y quienes visitan Diriamba en estos días comen, bailan y beben gratis, porque así lo manda la tradición. Y además de la hospitalidad diriambina, usted saborea deliciosas rosquillas, alfajor, pinol, nacatamales, chicha de jengibre, buñuelos y el tradicional picadillo, que para los de Diriamba es una de las comidas más deliciosas del mundo.

Esta festividad es parte de nuestra cultura ancestral, que con dientes y uñas se aferró a la vida durante la conquista, cuando nuestros abuelos gestaron al Güegüence, para sobrevivir a la brutal y espeluznante carnicería.

Carlos Herrera | Niú

El 19 de enero es el gran despegue de la fiesta. Desde temprano en la mañana la gente repleta las naves de la Basílica, y cuando adentro no alcanza un alma más, la multitud se congrega en el atrio, en sus costados y en el parque.

Al concluir la misa inicia el hermoso ritual, mixtura de lo divino y lo pagano: los bailantes del Toro Huaco entran al templo por la nave principal y con su danza ondulante -que representa a Quetzalcóatl, la mítica serpiente emplumada, y dios indígena de la vida- se acercan al santo para acompañarlo a la calle, y también lo hace el Macho Ratón y las inditas con sus marimbas, y los demás bailes, y las inmensas campanas se agitan al viento en una algarabía que te eriza el alma, y poco a poco, entre vistosos pendones multicolores, Guachán cruza el umbral de la puerta mayor y sale ataviado con finos bordados y cintas coloridas, condecorado con centenares de milagros de oro y plata de fieles agradecidos, precedido por una jungla de exóticas plumas de pavo real, que coronan los sombreros del Toro Huaco.

Entonces, la multitud de la calle estalla en aplausos, y miles de pañuelos son agitados al viento saludando a su santo, mientras explota la inmensa carga cerrada instalada en contorno de la manzana de la Basílica, y suenan las marimbas, y aumenta la sonoridad de las campanas, que en el mundo entero sólo suenan así en enero y en Diriamba.

Carlos Herrera | Niú

Y comienza la procesión, y el Toro Huaco danza en medio de la calle al ritmo del pito y el tambor, que durante muchísimos años ejecutó don José Flores, quien también hacía las máscaras de madera. Y Guachán llega a la esquina de la Alcaldía, y dobla hacia el este, hacia el vetusto Teatro González, en medio de una calle repleta de tradición, colores, sonidos y gente procedente de todo el país y de más allá de las fronteras.

En ese colorido desfile se puede admirar al Güegüence o Macho Ratón (Patrimonio Intangible de la Humanidad), bailando hacia atrás y adelante, acompañando con sus chischiles la música de violín, guitarra y tambores; y las inditas con sus largas enaguas multicolores agitadas por el viento que, con picardía y salero, acomodan sus cabezas en el pecho de sus parejas, quienes con los brazos abiertos galantean al sonar de las marimbas; y los diablitos, enmascarados y ataviados con sombreros enflorados, espejos, pañoletas y vestimentas multicolores; y un Viejo de lento bailar retado por su Vieja que alegre sacude las nalgas; y los promesantes de rodillas acercándose al santo. En mañanas como esta, también bailaba don Miguel Urtecho, mi papa, cortejando a una muchacha, mientras con garbo, soltura y aplausos zapateaba El garañón o Los dos bolillos.

Entre la algarabía, Guachán llega al Teatro y al Reloj, pasa por San Caralampio, y se enrumba a la carretera, hacia Dolores, donde a ambos lados, bajo toldos y enramadas, lo espera una multitud, muchos de ellos diriambinos regados por el mundo que han venido a honrar al santo y a celebrar con sus amistades, incluido mi bróder, el cantautor Sergio Tapia, orgullo de Diriamba y Nicaragua.

Carlos Herrera | Niú

A Dolores entrará al mediodía, entre un mar agitado de gente. Allá lo esperan Santiago y San Marcos, y entre el sofocante calor, estruendos de pólvora, música de filarmónicos y perfecta sincronía, serán acercados por sus cargadores hasta ponerlos frente a frente, entonces los alzarán rítmicamente, una y otra vez, mientras la multitud, batiendo estandartes y agitando pañuelos, grita, llora y aplaude hasta que los santos entran a la iglesia, donde además de la misa les cantarán versos de supuestas batallas que juntos libraron contra enemigos comunes.

Al caer la tarde, y acompañados por miles de feligreses de las ciudades vecinas, regresarán y entrarán triunfales a Diriamba, que en estos días ratifica su condición de ser ¡la Capital del Mundo!